Hay algo biológico y sensorial en esto. Las mañanas huelen a mañanas: a café, a humedad, a churros, a gentío. También suenan: a pájaros, a persianas que se levantan, al trajín del mundo que se despereza.
Pero sobre todo huele a mañana, que es un olor que el cerebro interpreta de una manera profunda porque es el olor del comienzo de un nuevo ciclo.
Y cada comienzo contiene también una pérdida, porque el amanecer no solo inaugura un día, también clausura definitivamente el anterior... y el anterior del anterior...
Somos animales circadianos y seguramente el amanecer activa desde hace miles de años mecanismos ligados a la supervivencia: actividad, expectativa y renovación. Quizá por eso las mañanas tienen esa emocionalidad tan primitiva y sinestésica. El cerebro no percibe sólo “aire fresco”; percibe que “el mundo vuelve a empezar.” Y cuando uno ya ha vivido suficiente, cada reinicio se convierte en el recuerdo de algo que perdiste, y a veces en la ilusión de algo que esperas. Como dijo Tom Hanks en "Náufrago": . "...y un día la marea me trajo una vela y ahora aquí estoy. Estoy triste porque ya no tengo a Kelly... pero ahora sé lo que tengo que hacer: seguir respirando, porque mañana saldrá el sol y quién sabe qué traerá la marea".
