Klapausius escribió: Mar Ago 25, 2026 1:07 pm
Cuando se habla de sionismo y judaísmo conviene no confundir dos conceptos que no son sinónimos. El judaísmo es una tradición religiosa y cultural milenaria; el sionismo político moderno, en cambio, es un movimiento nacionalista surgido fundamentalmente en Europa a finales del siglo XIX.
De hecho, el sionismo moderno encontró una oposición considerable dentro de sectores del propio judaísmo. Para determinadas corrientes judías, el exilio del pueblo judío no puede darse por terminado simplemente mediante una iniciativa política y humana. Según esa interpretación religiosa, la redención y el retorno pleno al Eretz Israel (la Tierra de Israel) pertenecen al ámbito mesiánico y deben producirse conforme a la voluntad divina, no mediante la creación unilateral de un Estado por medios políticos o militares.
Uno de los fundamentos que suelen citar estos sectores aparece en el mismo Talmud, en el tratado Ketubot, en el conocido pasaje de los “Tres Juramentos”. A partir de él, algunos rabinos sostuvieron que los judíos no debían intentar terminar colectivamente el exilio mediante la fuerza ni rebelarse contra las naciones antes de la llegada del Mesías. Precisamente por eso hubo comunidades y autoridades rabínicas que rechazaron el proyecto sionista desde sus comienzos.
El sionismo político moderno no nació como un movimiento de observancia religiosa. Theodor Herzl y buena parte de sus principales impulsores pertenecían a ambientes judíos europeos profundamente secularizados. Herzl no fue un rabino ni un teólogo que pretendiera restaurar la observancia integral de la Torá, sino que concibió fundamentalmente una solución política y nacional a lo que denominaba la “cuestión judía”.
Ahora bien, no resulta coherente invocar determinados pasajes de una tradición religiosa milenaria como fundamento de un derecho territorial contemporáneo y, al mismo tiempo, tratar como irrelevantes las interpretaciones y restricciones de esa misma tradición cuando contradicen el proyecto político.
Si la legitimidad procede de la religión, entonces no parece razonable escoger solamente aquello que resulta políticamente conveniente. Y si el proyecto es esencialmente secular y nacionalista, entonces debería defenderse mediante argumentos históricos, jurídicos y políticos, no presentando selectivamente determinadas promesas bíblicas como si resolvieran por sí mismas una cuestión territorial moderna.
Esto adquiere todavía más relevancia porque la sociedad israelí contemporánea incluye una enorme población secular o poco observante. Precisamente los judíos religiosos antisionistas han señalado históricamente esta contradicción: desde su perspectiva, resulta paradójico que un movimiento nacido principalmente del nacionalismo secular pueda apropiarse de conceptos como Sion, el retorno o la Tierra de Israel, separándolos de las condiciones teológicas que durante siglos acompañaron esas ideas en determinadas interpretaciones rabínicas.