RIENZI, te guste o no, Espana e Hispano Americano NO SE SEPARAN.
Y la relacion se ha acercado aun mas beneficiando BASTANTE a las dos.
Porque el futuro no son los guiris, el futuro es las AMERICAS!
Debate sobre la Hispanidad
- xutka-obby
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KEEP AT IT, THE ROCK SHALL BREAK!
COLOMBIAN-AMERICAN!!!!
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Viva la hispanidad.
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Hermoso encontrarse a hispanoamericanos valorando de esta forma el legado español en América, por encima de lo que pueda opinar la retrasada de Claudia Sheinbaum, presidenta de Méjico.
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Así es la hispanidad.
- Klapausius
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Debate sobre la Hispanidad
Lo más curioso es el tonito triunfalista. Describís una conquista en la que se desarticularon culturas, se impuso una religión y hubo relaciones profundamente desiguales, y acto seguido presentás el mestizaje resultante como una especie de hazaña civilizatoria. Si aceptamos tu propio relato, cuesta entender exactamente de qué habría que sentirse orgulloso.Rienzi escribió: Dom Jul 12, 2026 10:58 am Por supuesto que hubo un genocidio, pero fue espiritual y cultural. Los desmoralizamos y destruimos su voluntad de existir como cultura propia por medio de un ejército de curas que les hizo creer algo tan antinatural como que un judío era Dios.
Otra vez más, el mestizaje como principio ineludible y fundamental del hispanismo: destruir los pueblos para crear la raza mestiza global de la hispanidad.
Por último, si alguien se cree que los españoles de América hacían caso de lo que se les mandaba desde la Península, es que no sabe cómo funciona el mundo. La Ley para que sea efectiva tiene que poderse imponer por la fuerza, y España, en aquel tiempo, no tenía fuerza para imponer nada en un territorio tan grande y lejano. En América, los españoles hacían lo que les daba la gana, mayoritariamente acostarse con indias.
El tipo habla orgulloso como si hoy Latinoamérica tuviera algo de lo que estar orgulloso. Si son todos países fracasados y espiritualmente muertos.
Y, por cierto, eso de que el objetivo o resultado fue «destruir los pueblos» tampoco encaja demasiado bien con la realidad: una enorme cantidad de pueblos indígenas sobrevivió y sigue existiendo hasta hoy, conservando identidades, lenguas y tradiciones propias. Quechuas, aimaras, guaraníes, mayas, mapuches y centenares de otros pueblos no desaparecieron mágicamente dentro de una supuesta «raza mestiza global». La América hispana nunca se convirtió en esa fantasía homogénea.
Lo de que «los españoles hacían lo que les daba la gana» tampoco reivindica demasiado al Imperio: si la Corona promulgaba leyes que no podía hacer cumplir y sus súbditos actuaban arbitrariamente a miles de kilómetros, eso demuestra los límites del poder imperial, no su grandeza.
Además, el mestizaje americano no fue un proyecto coherente destinado a crear una «raza global de la Hispanidad». Fue un proceso histórico complejo, diferente según época y región, atravesado tanto por relaciones voluntarias como por enormes asimetrías de poder, explotación y violencia.
Y después de cinco siglos, ¿cuál sería exactamente el pedestal? América Hispana no es precisamente el escaparate incontestable de una supuesta civilización superior: desigualdad brutal, instituciones frágiles y problemas crónicos de desarrollo. Eso no significa culpar a España de todo lo ocurrido después de las independencias; significa simplemente que presumir del resultado como una gran obra civilizatoria resulta bastante cómico.
Se puede estudiar el Imperio español sin demonizarlo ni idealizarlo. Lo ridículo es necesitar una conquista de hace 500 años como trofeo personal para sentirse superior en 2026.
- Rienzi
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¿Qué tono triunfalista? Es un tono muy pesimista. Es un lamento por haber interrumpido la evolución natural de las culturas americanas. Es un pensamiento profundamente antihispanista.Klapausius escribió: Vie Sep 04, 2026 2:48 pm Lo más curioso es el tonito triunfalista. Describís una conquista en la que se desarticularon culturas, se impuso una religión y hubo relaciones profundamente desiguales, y acto seguido presentás el mestizaje resultante como una especie de hazaña civilizatoria. Si aceptamos tu propio relato, cuesta entender exactamente de qué habría que sentirse orgulloso.
Y, por cierto, eso de que el objetivo o resultado fue «destruir los pueblos» tampoco encaja demasiado bien con la realidad: una enorme cantidad de pueblos indígenas sobrevivió y sigue existiendo hasta hoy, conservando identidades, lenguas y tradiciones propias. Quechuas, aimaras, guaraníes, mayas, mapuches y centenares de otros pueblos no desaparecieron mágicamente dentro de una supuesta «raza mestiza global». La América hispana nunca se convirtió en esa fantasía homogénea.
Lo de que «los españoles hacían lo que les daba la gana» tampoco reivindica demasiado al Imperio: si la Corona promulgaba leyes que no podía hacer cumplir y sus súbditos actuaban arbitrariamente a miles de kilómetros, eso demuestra los límites del poder imperial, no su grandeza.
Además, el mestizaje americano no fue un proyecto coherente destinado a crear una «raza global de la Hispanidad». Fue un proceso histórico complejo, diferente según época y región, atravesado tanto por relaciones voluntarias como por enormes asimetrías de poder, explotación y violencia.
Y después de cinco siglos, ¿cuál sería exactamente el pedestal? América Hispana no es precisamente el escaparate incontestable de una supuesta civilización superior: desigualdad brutal, instituciones frágiles y problemas crónicos de desarrollo. Eso no significa culpar a España de todo lo ocurrido después de las independencias; significa simplemente que presumir del resultado como una gran obra civilizatoria resulta bastante cómico.
Se puede estudiar el Imperio español sin demonizarlo ni idealizarlo. Lo ridículo es necesitar una conquista de hace 500 años como trofeo personal para sentirse superior en 2026.
Rienzi escribió: Sab Mar 15, 2025 8:35 pm Lo que voy a escribir en este tema no lo argumento como una verdad absoluta, sino como una mera conjetura. Lo digo para que la gente no se ofenda.
La conquista del Nuevo Mundo por los españoles fue un cataclismo que fracturó el corazón de civilizaciones enteras.
La historia de Latinoamérica es un grito desgarrado que evoca la pérdida de un mundo que, aunque imperfecto, era auténtico, propio, arraigado en la tierra y en el espíritu de sus pueblos. La llegada de los españoles a América no fue solo un encuentro de culturas, sino un choque brutal que fracturó el alma del continente. Aquellas civilizaciones indígenas, con sus dioses, sus ritos, sus lenguas y su arte, fueron arrasadas por la imposición de una cultura ajena que se erigió sobre las ruinas de lo que alguna vez fue sagrado.
Los pueblos originarios tenían una cosmovisión profunda, un vínculo íntimo con la naturaleza, con los ciclos de la vida y la muerte, con el cielo y la tierra. Su alma estaba tejida con los hilos de la tradición, la memoria y el respeto por lo divino. Pero todo eso fue arrancado de cuajo, sustituido por una fe impuesta, por una lengua extraña, por una forma de ver el mundo que no era la suya. Y en ese proceso, no solo se perdieron templos y códices, sino que se quebró el espíritu de quienes habitaban esas tierras.
El mestizaje, lejos de ser un puente, se convirtió en un abismo. Los mestizos, hijos de dos mundos, no pertenecían a ninguno. No eran indígenas, pero tampoco españoles. Y con la llegada de los africanos, traídos como esclavos, el panorama se volvió aún más desolador. América se convirtió en un crisol de culturas, sí, pero también en un caos de identidades rotas, de almas perdidas.
Cuando llegó la independencia, las esperanzas de redención se desvanecieron rápidamente. Las nuevas naciones no supieron sanar las heridas del pasado. Los indígenas, los verdaderos dueños de la tierra, fueron relegados a la miseria, a la marginación, al olvido. Los africanos y sus descendientes siguieron cargando el peso de la esclavitud, ahora disfrazada de pobreza y exclusión. Y los mestizos, atrapados en un limbo identitario, ocuparon un lugar incómodo en la escala social, ni arriba ni abajo, siempre en busca de un lugar que nunca fue suyo.
Los criollos, hijos de los conquistadores, se apoderaron del poder y perpetuaron un sistema que beneficiaba a unos pocos y condenaba a muchos. Y con las oleadas de inmigrantes que llegaron después, el panorama se complicó aún más. Cada grupo trajo consigo su cultura, sus sueños, sus conflictos, pero también profundizó la fragmentación de unas sociedades que ya de por sí carecían de unidad.
Hoy, Latinoamérica es un continente herido, un cuerpo sin alma. Sus naciones, aunque ricas en recursos y en diversidad, no han logrado encontrar su verdadera identidad. Son pueblos desarraigados, que no saben de dónde vienen ni hacia dónde van. Cada uno tira para su lado, y en esa lucha interna, se pierde la posibilidad de construir un futuro común.