Lemosín o catalán: historia de una de las lenguas de la Corona de Aragón
Publicado: Mié Abr 01, 2026 11:45 pm
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La denominación de la lengua romance hablada en Cataluña, Valencia, Baleares y la Franja de Aragón ha sido objeto de un intenso debate donde los intereses políticos han terminado imponiéndose sobre el rigor histórico. Este artículo defiende la recuperación del término «lemosín» como denominación legítima y documentada, frente al uso políticamente motivado de «catalán», que responde a un proyecto de construcción nacional del separatismo catalanista (mal llamado nacionalismo catalán). Los datos oficiales de la Generalitat de Cataluña y la documentación histórica avalan esta posición.
El término «lemosín»: más de seis siglos de historia
El lemosín (lemozi) es un dialecto de la lengua occitana que se originó en la región del Lemosín (Limousin), situada en el centro-oeste de lo que hoy es Francia.
Su cuna histórica comprende principalmente los actuales departamentos de Haute-Vienne, Corrèze y Creuse, aunque su influencia se extendió a zonas del norte de Dordoña y el este de Charente.
El lemosín ocupa un lugar de interés en la historia lingüística de la cristiandad medieval porque fue uno de los primeros dialectos occitanos utilizados por los trovadores en los siglos XII y XIII para componer sus poemas líricos. El verbo trobar (literalmente «hallar» o «inventar») era el término técnico para la composición poética y musical. Un trovador es, por definición, alguien que encuentra o inventa versos, cuentos y melodías.
Debido a la fama de estos poetas, el término «lemosín» se utilizó durante siglos como un nombre genérico para referirse a toda la lengua occitana e incluso, en ciertos periodos, se aplicó por extensión también a las lenguas romances de la zona correspondiente a los actuales territorios de Cataluña y Valencia.
El uso de «lemosín» para designar a una de las lenguas romances habladas en algunas zonas del territorio de la antigua Corona de Aragón cuenta con un sólido respaldo documental desde el siglo XIII hasta el XIX. El primer tratado de retórica trovadoresca, Razós de trobar (h. 1200), obra del gerundense Ramon Vidal de Besalú, aplicaba el nombre de «lemosín» al conjunto de la Languedoc o Lenguadoc, incluyendo explícitamente la hablada en Cataluña al referirse a «nuestra lengua».
Durante la Edad Media y la Edad Moderna esta denominación fue la comúnmente aceptada sin contestación. En 1502, en Mallorca, se convocaron premios para obras en «coplas lemosinas» en honor a Ramon Llull. En 1521, Joan Bonllavi publicó una modernización del Llibre de Evast e Blaquerna refiriéndose a «la lengua llemosina primera» para designar la variante medieval. La primera aplicación del término a la lengua contemporánea data de 1531, en la edición del Spill de Jaume Roig.
Las grandes figuras de la literatura española utilizaron esta denominación sin vacilación. Baltasar de Romaní, en su traducción de Ausiàs March al castellano (Valencia, 1539), afirmaba que sus moralidades estaban «en verso limosín escritas». Lope de Vega, en 1602, declaraba que eran «castísimos aquellos versos que escribió Ausiàs March en lengua lemosina». Cervantes, en el Quijote, también emplea el término al referirse a versos «en lengua lemosina».
La propia monarquía española refrendó oficialmente este término. La Real Cédula de Aranjuez de 1768, dictada por Carlos III, denominó «lengua lemosina» a la hablada en el territorio de Cataluña al prohibir su uso en juzgados y escuelas, al tratar de unificar lingüísticamente a toda la península frente a ataques provenientes del exterior. El término se mantuvo durante la denominada Renaixença, cuando muchos escritores, incluyendo a Bonaventura Carles Aribau en su oda La Pàtria (1833), utilizaban «lemosín» buscando una denominación unitaria que evitara susceptibilidades territoriales.
La imposición política del término «catalán»
No fue hasta mediados del siglo XIX, coincidiendo con la emergencia del separatismo catalanista, cuando comenzó a reivindicarse el término «catalán» como parte de un proyecto de construcción identitaria frente a una inmigración obrera castellanohablante cada vez más numerosa.
En 1862, Marià Aguiló i Fuster aprovechó los Juegos Florales para impulsar este cambio denominativo. Así el separatismo anglófilo emergente utilizó la lengua como instrumento político al servicio del poder del imperio británico que pretendía fragmentar y debilitar los restos del imperio español.
El aragonés Jerónimo Borao, en su obra de 1859, documentaba con precisión esta realidad:
«El idioma Lemosín […] vino a formar en cierto modo los dialectos o romances catalán y valenciano», explicando que «el lemosín puro fue modificado por el catalán, cuyo nombre tomó en la corona de Aragón». Es decir, para Jerónimo Borao, la variante hablada en Cataluña es una derivación del lemosín, no al revés.
La sustitución terminológica no fue pacífica. En Valencia, sectores de la Renaixença denunciaron esta apropiación. Rafael Ferrer i Bigné, presidente de Lo Rat Penat, advertía en 1881:
«Preciso es levantar acta para dar la voz de alerta».
Constantí Llombart, fundador de Lo Rat Penat, utilizaba sistemáticamente «lemosín» para referirse a esta lengua.
La voluntad del nacionalismo catalán de proyectar su denominación sobre el conjunto de territorios de la antigua Corona de Aragón responde a una lógica política: construir una comunidad imaginada. El concepto de «Países Catalanes» (Països Catalans) es la manifestación más evidente de esta pretensión pancatalanista.
Desde esta perspectiva, llamar «catalán» a la lengua valenciana, mallorquina o la propia lemosina constituye un acto de apropiación simbólica con claras implicaciones políticas que ignora la historia y la voluntad de otros territorios.
Quien denomina, domina.
La realidad sociolingüística según datos oficiales
Más allá del debate histórico, los datos de la Generalitat de Cataluña revelan una realidad que contradice la equiparación entre lengua e identidad nacional que propugna el nacionalismo.
Según la Encuesta de Usos Lingüísticos de la Población (EULP), elaborada por Idescat y el Departamento de Política Lingüística, el castellano es la lengua más hablada en Cataluña.
En el área metropolitana de Barcelona, casi el 75% de la población tiene como primera lengua el castellano. Mientras el 99% de los censados entiende el castellano, el conocimiento del lemosín alcanzaría al 93,4% (datos de 2023).
Aunque el 9% de la población adopta el lemosín como lengua de identificación, el castellano sigue siendo mayoritario en los ámbitos cotidianos, especialmente en las grandes ciudades.
La propia Generalitat, a través de su Sistema d’Indicadors Lingüístics (SIL), reconoce la necesidad de seguir evaluando estos usos. Los datos muestran que la realidad sociolingüística de Cataluña es plural, con una presencia mayoritaria del castellano que ninguna política lingüística ha logrado alterar significativamente.
Si en Cataluña el castellano es la lengua mayoritaria, resulta paradójico pretender denominar de forma exclusivista una lengua que en su propio territorio es minoritaria en el uso cotidiano.
Recuperar el término «lemosín» permitiría reconocer el origen de esa lengua, que no se encuentra en Cataluña sino en la región francesa del Lemosín. Sería una denominación neutral, avalada por siglos de uso, libre de las connotaciones políticas actuales.
Conclusión
La historia lingüística avala el término «lemosín» como denominación tradicional de la lengua romance de la Corona de Aragón, utilizada durante siglos por escritores, instituciones y la propia monarquía española.
El término que algunos pretenden imponer se difundió tardíamente como parte de un proyecto político de construcción identitaria.
Los datos oficiales de la Generalitat confirman que el castellano es la lengua más hablada en Cataluña, lo que cuestiona la legitimidad de una denominación exclusivista que ignora tanto la historia como la realidad sociolingüística actual.
Recuperar el término «lemosín» no sería un retroceso, sino un acto de justicia histórica y reconocimiento de la pluralidad. Permitirá superar disputas identitarias y adoptar una denominación histórica, documentada y neutral.
La cuestión no es baladí: el nombre de las lenguas condiciona la percepción que de ellas tenemos y, en última instancia, la convivencia de quienes las hablan.

La denominación de la lengua romance hablada en Cataluña, Valencia, Baleares y la Franja de Aragón ha sido objeto de un intenso debate donde los intereses políticos han terminado imponiéndose sobre el rigor histórico. Este artículo defiende la recuperación del término «lemosín» como denominación legítima y documentada, frente al uso políticamente motivado de «catalán», que responde a un proyecto de construcción nacional del separatismo catalanista (mal llamado nacionalismo catalán). Los datos oficiales de la Generalitat de Cataluña y la documentación histórica avalan esta posición.
El término «lemosín»: más de seis siglos de historia
El lemosín (lemozi) es un dialecto de la lengua occitana que se originó en la región del Lemosín (Limousin), situada en el centro-oeste de lo que hoy es Francia.
Su cuna histórica comprende principalmente los actuales departamentos de Haute-Vienne, Corrèze y Creuse, aunque su influencia se extendió a zonas del norte de Dordoña y el este de Charente.
El lemosín ocupa un lugar de interés en la historia lingüística de la cristiandad medieval porque fue uno de los primeros dialectos occitanos utilizados por los trovadores en los siglos XII y XIII para componer sus poemas líricos. El verbo trobar (literalmente «hallar» o «inventar») era el término técnico para la composición poética y musical. Un trovador es, por definición, alguien que encuentra o inventa versos, cuentos y melodías.
Debido a la fama de estos poetas, el término «lemosín» se utilizó durante siglos como un nombre genérico para referirse a toda la lengua occitana e incluso, en ciertos periodos, se aplicó por extensión también a las lenguas romances de la zona correspondiente a los actuales territorios de Cataluña y Valencia.
El uso de «lemosín» para designar a una de las lenguas romances habladas en algunas zonas del territorio de la antigua Corona de Aragón cuenta con un sólido respaldo documental desde el siglo XIII hasta el XIX. El primer tratado de retórica trovadoresca, Razós de trobar (h. 1200), obra del gerundense Ramon Vidal de Besalú, aplicaba el nombre de «lemosín» al conjunto de la Languedoc o Lenguadoc, incluyendo explícitamente la hablada en Cataluña al referirse a «nuestra lengua».
Durante la Edad Media y la Edad Moderna esta denominación fue la comúnmente aceptada sin contestación. En 1502, en Mallorca, se convocaron premios para obras en «coplas lemosinas» en honor a Ramon Llull. En 1521, Joan Bonllavi publicó una modernización del Llibre de Evast e Blaquerna refiriéndose a «la lengua llemosina primera» para designar la variante medieval. La primera aplicación del término a la lengua contemporánea data de 1531, en la edición del Spill de Jaume Roig.
Las grandes figuras de la literatura española utilizaron esta denominación sin vacilación. Baltasar de Romaní, en su traducción de Ausiàs March al castellano (Valencia, 1539), afirmaba que sus moralidades estaban «en verso limosín escritas». Lope de Vega, en 1602, declaraba que eran «castísimos aquellos versos que escribió Ausiàs March en lengua lemosina». Cervantes, en el Quijote, también emplea el término al referirse a versos «en lengua lemosina».
La propia monarquía española refrendó oficialmente este término. La Real Cédula de Aranjuez de 1768, dictada por Carlos III, denominó «lengua lemosina» a la hablada en el territorio de Cataluña al prohibir su uso en juzgados y escuelas, al tratar de unificar lingüísticamente a toda la península frente a ataques provenientes del exterior. El término se mantuvo durante la denominada Renaixença, cuando muchos escritores, incluyendo a Bonaventura Carles Aribau en su oda La Pàtria (1833), utilizaban «lemosín» buscando una denominación unitaria que evitara susceptibilidades territoriales.
La imposición política del término «catalán»
No fue hasta mediados del siglo XIX, coincidiendo con la emergencia del separatismo catalanista, cuando comenzó a reivindicarse el término «catalán» como parte de un proyecto de construcción identitaria frente a una inmigración obrera castellanohablante cada vez más numerosa.
En 1862, Marià Aguiló i Fuster aprovechó los Juegos Florales para impulsar este cambio denominativo. Así el separatismo anglófilo emergente utilizó la lengua como instrumento político al servicio del poder del imperio británico que pretendía fragmentar y debilitar los restos del imperio español.
El aragonés Jerónimo Borao, en su obra de 1859, documentaba con precisión esta realidad:
«El idioma Lemosín […] vino a formar en cierto modo los dialectos o romances catalán y valenciano», explicando que «el lemosín puro fue modificado por el catalán, cuyo nombre tomó en la corona de Aragón». Es decir, para Jerónimo Borao, la variante hablada en Cataluña es una derivación del lemosín, no al revés.
La sustitución terminológica no fue pacífica. En Valencia, sectores de la Renaixença denunciaron esta apropiación. Rafael Ferrer i Bigné, presidente de Lo Rat Penat, advertía en 1881:
«Preciso es levantar acta para dar la voz de alerta».
Constantí Llombart, fundador de Lo Rat Penat, utilizaba sistemáticamente «lemosín» para referirse a esta lengua.
La voluntad del nacionalismo catalán de proyectar su denominación sobre el conjunto de territorios de la antigua Corona de Aragón responde a una lógica política: construir una comunidad imaginada. El concepto de «Países Catalanes» (Països Catalans) es la manifestación más evidente de esta pretensión pancatalanista.
Desde esta perspectiva, llamar «catalán» a la lengua valenciana, mallorquina o la propia lemosina constituye un acto de apropiación simbólica con claras implicaciones políticas que ignora la historia y la voluntad de otros territorios.
Quien denomina, domina.
La realidad sociolingüística según datos oficiales
Más allá del debate histórico, los datos de la Generalitat de Cataluña revelan una realidad que contradice la equiparación entre lengua e identidad nacional que propugna el nacionalismo.
Según la Encuesta de Usos Lingüísticos de la Población (EULP), elaborada por Idescat y el Departamento de Política Lingüística, el castellano es la lengua más hablada en Cataluña.
En el área metropolitana de Barcelona, casi el 75% de la población tiene como primera lengua el castellano. Mientras el 99% de los censados entiende el castellano, el conocimiento del lemosín alcanzaría al 93,4% (datos de 2023).
Aunque el 9% de la población adopta el lemosín como lengua de identificación, el castellano sigue siendo mayoritario en los ámbitos cotidianos, especialmente en las grandes ciudades.
La propia Generalitat, a través de su Sistema d’Indicadors Lingüístics (SIL), reconoce la necesidad de seguir evaluando estos usos. Los datos muestran que la realidad sociolingüística de Cataluña es plural, con una presencia mayoritaria del castellano que ninguna política lingüística ha logrado alterar significativamente.
Si en Cataluña el castellano es la lengua mayoritaria, resulta paradójico pretender denominar de forma exclusivista una lengua que en su propio territorio es minoritaria en el uso cotidiano.
Recuperar el término «lemosín» permitiría reconocer el origen de esa lengua, que no se encuentra en Cataluña sino en la región francesa del Lemosín. Sería una denominación neutral, avalada por siglos de uso, libre de las connotaciones políticas actuales.
Conclusión
La historia lingüística avala el término «lemosín» como denominación tradicional de la lengua romance de la Corona de Aragón, utilizada durante siglos por escritores, instituciones y la propia monarquía española.
El término que algunos pretenden imponer se difundió tardíamente como parte de un proyecto político de construcción identitaria.
Los datos oficiales de la Generalitat confirman que el castellano es la lengua más hablada en Cataluña, lo que cuestiona la legitimidad de una denominación exclusivista que ignora tanto la historia como la realidad sociolingüística actual.
Recuperar el término «lemosín» no sería un retroceso, sino un acto de justicia histórica y reconocimiento de la pluralidad. Permitirá superar disputas identitarias y adoptar una denominación histórica, documentada y neutral.
La cuestión no es baladí: el nombre de las lenguas condiciona la percepción que de ellas tenemos y, en última instancia, la convivencia de quienes las hablan.