El odio y la intolerancia en el discurso de la izquierda cuesta vidas
Publicado: Dom Sep 14, 2025 10:34 pm
Cuando Cristina Fallarás se planta delante de una cámara y afirma, con una tranquilidad escalofriante, que las ideas de Vox no merecen respeto, que sus votantes deben ser socialmente aislados, y que confraternizar con ellos es como hacerlo con una bestia, no está expresando una opinión política. Está incitando al odio. Está deshumanizando. Y lo hace sabiendo perfectamente lo que significa eso en un contexto en el que ya hay quienes están cruzando la línea entre el insulto y la bala.
Este tipo de discurso no es anecdótico ni marginal. Es el discurso dominante en la izquierda mediática, cultural y académica. Y no es sólo Fallarás. Son miles como ella. Desde los foros, como Solvia con su patéitco "al fascismo no se le discute, se le destruye", hasta los periodistas, los presentadores de televisión, los influencers como esta parásita de Fallarás y los profesores universitarios. Todos repiten, sin pudor alguno, que hay personas que no deben tener derecho a hablar, a existir públicamente, a votar, a opinar o incluso a caminar por la calle sin ser señaladas y violentadas. Porque "son fascistas". Porque "son peligrosos". Porque "provocan".
¿Quién decide qué es provocar? ¿Quién decide qué es fascismo? Ellos. La izquierda. La misma que convierte cualquier desacuerdo en una amenaza, cualquier disidencia en violencia, cualquier crítica en un delito de odio. El mismo relato infecto que ha servido para justificar agresiones, escraches, cancelaciones, despidos, amenazas y atentados. Como el asesinato de Charlie Kirk. Un crimen político. Un tiro preciso contra quien piensa diferente. Y no por casualidad, sino tras décadas de un clima donde se ha normalizado desear la muerte del adversario político.
En la universidad de Utah, hubo quien celebró su asesinato, con el cuerpo delante. También hubo quien subió vídeos, a cara descubierta, riéndose y celebrando dicho atentado. Dijeron que se lo merecía. ¿Y cuál fue el argumento? Que era "ultra". Que "provocaba". Que era un "nazi". Es decir, que pensar diferente a los dogmas de la izquierda es, según ellos, razón suficiente para que alguien te dispare. Y eso no escandaliza a nadie en la prensa. No les perturba. No hay editoriales pidiendo responsabilidad. No hay condenas unánimes. Porque lo han normalizado.
Este es el resultado de décadas de permisividad. De no señalar a tiempo. De no combatir a quienes desde sus altavoces han ido sembrando el odio y la deshumanización. No se puede permitir ni un minuto más que personajes como Cristina Fallarás campen a sus anchas vomitando consignas que preparan el terreno para el exterminio político al que nos quieren someter. Porque eso es lo que están haciendo: justificando la violencia, amparando la muerte del disidente y aplaudiendo que alguien se atreva a ejecutar su fantasía de limpieza ideológica.
La izquierda no combate el odio. Lo promueve. Lo fabrica. Y lo proyecta sobre sus enemigos para justificar su violencia. No es "antifascismo". Es odio puro, sectario, dogmático y violento. El mismo odio que acaba con vidas reales mientras los cobardes del sistema aplauden o callan.
Se acabaron las medias tintas. Hay que señalar con nombres y apellidos a los responsables. Hay que desmontar su relato. Y hay que recordarles cada cadáver que caiga, cada ataque, cada bala, cada apuñalamiento, como consecuencia directa de lo que llevan años sembrando. Que no se les permita esconderse detrás del disfraz de "progresistas". Son sembradores de odio. Son cómplices de asesinatos políticos. Y algún día tendrán que responder por ello.
Discursos como este están costando vidas, y hay que señalarlo:
Este tipo de discurso no es anecdótico ni marginal. Es el discurso dominante en la izquierda mediática, cultural y académica. Y no es sólo Fallarás. Son miles como ella. Desde los foros, como Solvia con su patéitco "al fascismo no se le discute, se le destruye", hasta los periodistas, los presentadores de televisión, los influencers como esta parásita de Fallarás y los profesores universitarios. Todos repiten, sin pudor alguno, que hay personas que no deben tener derecho a hablar, a existir públicamente, a votar, a opinar o incluso a caminar por la calle sin ser señaladas y violentadas. Porque "son fascistas". Porque "son peligrosos". Porque "provocan".
¿Quién decide qué es provocar? ¿Quién decide qué es fascismo? Ellos. La izquierda. La misma que convierte cualquier desacuerdo en una amenaza, cualquier disidencia en violencia, cualquier crítica en un delito de odio. El mismo relato infecto que ha servido para justificar agresiones, escraches, cancelaciones, despidos, amenazas y atentados. Como el asesinato de Charlie Kirk. Un crimen político. Un tiro preciso contra quien piensa diferente. Y no por casualidad, sino tras décadas de un clima donde se ha normalizado desear la muerte del adversario político.
En la universidad de Utah, hubo quien celebró su asesinato, con el cuerpo delante. También hubo quien subió vídeos, a cara descubierta, riéndose y celebrando dicho atentado. Dijeron que se lo merecía. ¿Y cuál fue el argumento? Que era "ultra". Que "provocaba". Que era un "nazi". Es decir, que pensar diferente a los dogmas de la izquierda es, según ellos, razón suficiente para que alguien te dispare. Y eso no escandaliza a nadie en la prensa. No les perturba. No hay editoriales pidiendo responsabilidad. No hay condenas unánimes. Porque lo han normalizado.
Este es el resultado de décadas de permisividad. De no señalar a tiempo. De no combatir a quienes desde sus altavoces han ido sembrando el odio y la deshumanización. No se puede permitir ni un minuto más que personajes como Cristina Fallarás campen a sus anchas vomitando consignas que preparan el terreno para el exterminio político al que nos quieren someter. Porque eso es lo que están haciendo: justificando la violencia, amparando la muerte del disidente y aplaudiendo que alguien se atreva a ejecutar su fantasía de limpieza ideológica.
La izquierda no combate el odio. Lo promueve. Lo fabrica. Y lo proyecta sobre sus enemigos para justificar su violencia. No es "antifascismo". Es odio puro, sectario, dogmático y violento. El mismo odio que acaba con vidas reales mientras los cobardes del sistema aplauden o callan.
Se acabaron las medias tintas. Hay que señalar con nombres y apellidos a los responsables. Hay que desmontar su relato. Y hay que recordarles cada cadáver que caiga, cada ataque, cada bala, cada apuñalamiento, como consecuencia directa de lo que llevan años sembrando. Que no se les permita esconderse detrás del disfraz de "progresistas". Son sembradores de odio. Son cómplices de asesinatos políticos. Y algún día tendrán que responder por ello.
Discursos como este están costando vidas, y hay que señalarlo: