Epigenética: la memoria invisible de la vida

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Marmots
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Epigenética: la memoria invisible de la vida

Mensaje por Marmots »

Mi cuñado José, palentino, el más veterano de la familia, suele decir una frase aparentemente paradójica, citando a su padre: “¿Quiénes son los ricos? Los hijos de los pobres.”

A primera vista esto suena a disparate, pero si la ponemos en el contexto de una zona rural donde el progreso económico se basaba en el trabajo duro, en el ahorro y la inversión, la frase tiene mucho sentido. Obviamente, hoy la sociedad posee otro tipo de complejidad y los padres con más recursos pueden ofrecer mejores salidas profesionales a sus hijos, aunque también podemos encontrar, por ejemplo, entre los hijos de famosos que son los que más se exponen, esas curiosas paradojas en las que niños teniendo todos los medios a su alcance no los aprovecharon; tal vez porque efectivamente criarte en ambientes de necesidad hace que crezcas con un hambre especial de éxito, de agudeza para ver las oportunidades, así como perseverancia y espíritu de sacrificio especiales. Recuerdo también una frase en este sentido atribuida a G. Michael Hopf, que dice: "Los tiempos difíciles crean hombres fuertes; los hombres fuertes crean tiempos fáciles; los tiempos fáciles crean hombres débiles; y los hombres débiles crean tiempos difíciles".

¿Y qué tiene que ver esto con la epigenética?

Hace tiempo leí un libro en el que se enfrentaban dos teorías evolutivas: La de Lamarck, anterior y meramente filosófica y especulativa, y la de Darwin más sólida. La de Lamarck, básicamente dice que los padres pueden transmitir sus logros orgánicos a sus hijos. Es decir, que si un padre se machaca en un gimnasio, su hijo nacerá con más propensión a generar masa muscular que el hijo de un tirillas. Para Darwin, la evolución es azar, y entorno: Los genes mutan, los individuos compiten y las especies evolucionan. Es decir, que puedes heredar la cuenta corriente de tu padre, pero no el esfuerzo físico o intelectual que hizo en vida.

Esto se quedó así hasta que hace poco escuché trazas de un estudio de 2013 sobre ratones a los que sometían a descargas eléctricas asociadas al olor de la flor del cerezo, y lo interesante viene en que la segunda y la tercera generación de esos ratones reaccionaba negativamente a ese estímulo sin haber tenido previamente una experiencia negativa con las flores del cerezo, y que este curiosísimo mecanismo se encarga la epigenética, que es una disciplina que estudia cómo las experiencias pueden dejar huellas químicas en nuestros genes, y cómo esas huellas, en algunos casos, pueden transmitirse a las generaciones siguientes.

Esto es una pasada. Pensar que lo que le sucedió a tu padre, madre, abuelo o abuela, te está afectando en tu día de manera invisible suena a magufada nivel Dios, pero, sin embargo, tiene respaldo científico solvente.

Me pregunto: Si las experiencias extremas de una generación pueden dejar marcas biológicas en las siguientes, la pregunta es inevitable: ¿qué herencia hemos recibido de nuestros padres? ¿qué herencia vamos a pasar a la siguiente generación?

Vivimos tiempos de sobresalto constante: crisis económicas, polarización, miedo, incertidumbre, ansiedad. Incluso sin guerras abiertas, millones de personas viven bajo un estrés sostenido que altera sus ritmos, su sueño, su manera de sentir el futuro.

Tal vez no lo sepamos todavía, pero a nivel colectivo esas tensiones podrían estar escribiendo en silencio una partitura biológica que nos lleve a la extinción, o a conquistar el universo.

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