Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Astur escribió: Mié Mar 18, 2026 2:35 pm
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Astur escribió: Mié Mar 18, 2026 2:35 pm
¿Aún estás con la tontada de las estelas? :roto2rie:
Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente,
ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Nowomowa escribió: Dom Mar 22, 2026 10:11 pm ¿Aún estás con la tontada de las estelas? :roto2rie:
Despierta, Nowomowa. Ya tienes edad. :rolleyes:
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Astur escribió: Mar Mar 31, 2026 12:46 pm
Hmm... 3 sobre 10 en negacionismo. ¿El petróleo y la glaciación? ¿Este tío cuándo aprendió negacionismo, en los 90? :roto2rie:
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Nowomowa escribió: Jue Abr 02, 2026 11:32 pm Hmm... 3 sobre 10 en negacionismo. ¿El petróleo y la glaciación? ¿Este tío cuándo aprendió negacionismo, en los 90? :roto2rie:
Desde luego, no en 1968, que fue cuando nació la secta del Club de Roma de la que bebe tu caduco y nefasto agendismo climático.
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Astur escribió: Jue Abr 02, 2026 11:41 pm Desde luego, no en 1968, que fue cuando nació la secta del Club de Roma de la que bebe tu caduco y nefasto agendismo climático.
Vaya hombre, ¡ahora el cambio climático es invento del Club de Roma! ¡Esta idiotez no la conocía! :descojone1: :descojone1: :descojone1:
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Nowomowa escribió: Sab Abr 04, 2026 1:08 pm Vaya hombre, ¡ahora el cambio climático es invento del Club de Roma! ¡Esta idiotez no la conocía! :descojone1: :descojone1: :descojone1:
Aprende a leer: "agendismo climático". :violin:

O, si quieres, alarmismo/fatalismo climático.
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Astur escribió: Sab Abr 04, 2026 1:20 pm Aprende a leer: "agendismo climático". :violin:

O, si quieres, alarmismo/fatalismo climático.
- Hay un fuego en la cocina
- Pues habrá que apagarlo antes de que queme la casa...
- ¡Ya está el alarmista inventándose el fatalismo ígnico! ¡Las cocinas de siempre se han quemado!
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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Re: Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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Ya que estoy por aquí voy a colgar algo que escribí hace un tiempo y que sintetiza mis ideas sobre este tema:

El cambio climático I: catastrofismo


Partamos de tres hechos que no admiten demasiada discusión:

1.La Tierra se está calentando. El calentamiento comenzó a finales del siglo XIX y se ha intensificado especialmente en los últimos 45-50 años. Concretamente, la temperatura media global de nuestro planeta ha aumentado algo más de un grado desde 1880.

2. La causa principal de ese calentamiento se debe al incremento de la concentración de CO2 atmosférico. El CO2 en la atmósfera ha pasado de 280 ppm (0,028%) hace doscientos años a las 423 ppm (0,041%) en la actualidad. El CO2 es un gas de efecto invernadero, por lo que el aumento de su concentración en la atmósfera debería producir un calentamiento de la temperatura del planeta, que es precisamente lo que venimos observando. Por ello, tenemos la certeza de que la mayor parte del aumento de la temperatura global que hemos sufrido en los últimos 150 años (si no todo) tiene su origen en el incremento de la concentración de CO2 atmosférico, aunque desconozcamos qué porcentaje concreto del calentamiento se debe a dicho incremento.

3. El origen del incremento de la concentración de CO2 atmosférico es la actividad industrial del ser humano. Aunque emitimos una fracción pequeña del total de emisiones anuales de CO2 a la atmósfera, sabemos que la quema de combustibles fósiles es responsable del 100% del aumento del CO2 atmosférico. De hecho, el ser humano ha emitido suficiente CO2 como para que hubiese ya 560 ppm de CO2, pero la naturaleza ha reabsorbido alrededor de la mitad de esas emisiones.

Por tanto, existe un amplio (aunque no total) consenso científico en que el calentamiento global es real y está causado principalmente (y quizás totalmente) por la actividad industrial humana. Quienes afirman que dicho calentamiento no tiene nada que ver con el incremento de CO2 en la atmósfera, que los seres humanos no tenemos responsabilidad alguna en ello, o que ni siquiera existe el calentamiento, no sólo se sitúan fuera de ese consenso, sino que se alejan de la ciencia al ignorar los datos que lo demuestran.

Sin embargo, es cierto que hay dos cuestiones cruciales sobre las que no existe consenso alguno:

1. Cuáles son y serán las consecuencias del calentamiento global, qué efectos está provocando y provocará, en qué magnitud, y si el impacto neto para el ser humano está siendo y será positivo o negativo.

2. Qué políticas debemos implementar para paliar dichos efectos (si es que debemos hacerlo), es decir, si hemos de descarbonizarnos o no, a qué coste y cómo.

Ambas cuestiones son más que discutibles, y eso es precisamente lo que pretendo hacer. Inicio aquí una serie de cinco artículos para exponer mi punto de vista sobre el cambio climático: en este primero realizo algunas consideraciones sobre el catastrofismo asociado al cambio climático; en el segundo aclararé lo que realmente sabemos sobre la cuestión; en el tercero haré un repaso sobre el pasado, presente y futuro del cambio climático; en el cuarto analizaré hasta qué punto han fracasado las políticas implementadas para enfrentarlo; y, finalmente, en el quinto y último artículo explicaré qué alternativas existen a las políticas oficiales.


El fin del mundo en 2003


Aún conservo en buen estado una revista cuya cabecera desapareció hace muchos años: el nº 100 de Conocer la vida y el universo. Se publicó en mayo de 1991 y titulaba con grandes letras “Sólo quedan 5.000 días para salvar la Tierra”. Si mis cálculos no me fallan, hace unos veinte años que nuestro planeta debería haber sucumbido, y sin embargo aquí estamos, sin indicios de haber sufrido una catástrofe ni de que la vayamos a sufrir próximamente.

El titular hacía referencia a un estudio supuestamente científico y de nombre similar (5.000 days to save the planet) realizado en 1990, en el que se analizaba cómo afectaban al planeta determinadas amenazas (como el cambio climático, la explosión demográfica, los daños a los mares o el agujero de la capa de ozono) y se concluía con un cálculo (bastante arbitrario) sobre el tiempo de que disponía el ser humano para cambiar el rumbo de la civilización antes de que fuese demasiado tarde y el planeta se volviese inhabitable.

Por supuesto, el estudio no tenía carácter científico (sus autores eran cuatro militantes del movimiento ecologista), pero fue un buen ejemplo del incipiente catastrofismo resultante de mezcla de ciencia, política y medios de comunicación.

Seguramente aquel fuese el primer augurio catastrofista que leí en mi vida, a la tierna edad de 10 años, y recuerdo que ya entonces me impactó lo suficiente como para guardar como oro en paño aquella revista. A partir de ese momento no he dejado de leer o escuchar todo tipo de vaticinios climáticos, cada uno más aterrador que el anterior.

Examinemos algunos de ellos:

-En 1988 se pronosticaba que las Maldivas se hundirían en el Índico antes de 2018.

-En 2001, que en 2020 ya no habría playas en el Mediterráneo, que el norte de España estaría salpicado de palmeras y que la gente ya no usaría abrigo en invierno.

-En 2004, que desde 2020 el Reino Unido sufriría un clima siberiano.

-Que en 2015 Nueva York se hundiría bajo las aguas.

-Que a partir de 2013 ya no tendríamos hielo ártico durante ningún verano. O a partir de 2015. O a partir de 2016. O a partir de 2017.

Uno de los últimos ejemplos de catastrofismo mediático se publicó el pasado mes de diciembre, cuando la cadena SER publicaba que el polo Norte “puede quedarse sin hielo en sólo dos veranos”. Lo llamativo del caso es que el autor de la “noticia” ya había escrito en 2007 que “el hielo del Polo Norte podría desaparecer en 2020 si continúa el ritmo actual de deshielo”.

Podemos apostar con seguridad a que dentro de tres o cuatro veranos el polo Norte seguirá ahí. También el nivel del mar seguirá siendo prácticamente el mismo (tan sólo ha aumentado 20 cm en un siglo) y no se habrá hundido ninguna isla.

Todo esto no es ciencia, evidentemente, pero mucha gente lo toma como tal y da por hecho que estamos ante una catástrofe climática inminente, lo cual genera preocupación y ansiedad. Y a medida que pasa el tiempo y todas esas predicciones catastrofistas (que no tienen sustento científico alguno) se van demostrando falsas, crece el escepticismo de la ciudadanía respecto al cambio climático.


Catastrofismo y realidad


Aprovechándose de una sociedad con escaso pensamiento crítico y que rara vez tiene la iniciativa de contrastar datos e información, los medios de comunicación tienden cada vez más al sensacionalismo con el fin de ganar audiencia. Y la ganan porque, en el fondo, nos encanta el catastrofismo. De ahí que nos preocupen tanto los osos polares y su situación si se derrite el polo norte, pese a que ya vivieron sin mayores problemas hace 8.000 años (cuando no había hielo en el Ártico) y a que actualmente su población es mucho mayor que hace 50 años: en 1975 se estimaba en unos 10.000 ejemplares, mientras que hoy se calcula entre 22.000 y 31.000 ejemplares, según datos de la Polar Bear Specialist Group (PBSG) de la UICN.

Nuestra afición al catastrofismo también explica que tantos españoles estén preocupados por la desertificación del país, pese a que la masa forestal en España ha aumentado un 30% desde 1990, situándonos como el segundo país europeo con más superficie arbolada, sólo por detrás de Suecia. Y, a pesar de ello (y del mito catastrofista al respecto), los incendios forestales son menos frecuentes e intensos que en décadas anteriores.


Catastrofismo científico


El problema del catastrofismo se extiende incluso al ámbito científico. En los informes del IPCC sobre el calentamiento global se establecen distintas proyecciones basadas en escenarios que van desde los más optimistas hasta los más pesimistas. Estos últimos son tan poco probables (por ejemplo, que las emisiones de CO2 aumenten a un ritmo nunca visto antes) que el propio IPCC los califica de virtualmente imposibles, pero también son los más impactantes por su extremismo. Sin embargo, una gran parte de los estudios sobre el cambio climático (los que dan lugar a titulares alarmistas y artículos tan terroríficos como atractivos para la audiencia) están basados en esos escenarios inverosímiles.

Por supuesto nadie se responsabiliza de las predicciones fallidas sobre desastres globales que nunca suceden, ni se rectifica lo más mínimo, y mucho menos se pide perdón a la sociedad por el alarmismo gratuito. Al contrario: se reciclan las mismas predicciones y se posponen unas décadas (“¿no ha sucedido en 2010? Entonces sucederá en 2050; hacedme caso, que esta vez sí voy a acertar”).

Resulta curioso comprobar cómo antes del actual catastrofismo sobre el calentamiento global ya existía otro de signo contrario. En efecto, en la década de 1970 era frecuente escuchar advertencias sobre el papel de los aerosoles y la contaminación industrial en un posible enfriamiento global. Tras la intensa industrialización posterior a la segunda guerra mundial, la tendencia climática era de enfriamiento, lo que llevó a algunos investigadores a considerar seriamente esa posibilidad. No se trataba de un error fundamental de la ciencia, sino del estado del conocimiento y de las condiciones observadas en aquel momento. Entonces se señalaba como principal amenaza a los aerosoles y al dióxido de azufre emitido por las industrias pesadas, responsables de enfriar el clima y provocar lluvia ácida con consecuencias graves para los ecosistemas.

Con el tiempo, el enfoque cambió: la preocupación pasó del enfriamiento a un calentamiento global, atribuido principalmente a las emisiones de dióxido de carbono. Pero la hipótesis de una inminente glaciación recibió una atención mediática muy superior al consenso científico real de la época. La comunidad científica, de hecho, mostraba mayor prudencia a la hora de reconocer las limitaciones para predecir el clima a largo plazo.

Cabe destacar que las medidas emprendidas para reducir la contaminación atmosférica, combatir la lluvia ácida y eliminar gases altamente contaminantes tuvieron un efecto colateral: la aceleración del calentamiento climático, ya que el dióxido de azufre, pese a sus efectos nocivos, contribuía a enfriar el clima.

Si seguimos remontándonos en el tiempo, los pronósticos apocalípticos con base supuestamente científica comenzaron ya con Malthus, en el siglo XVIII. Fue él quien inauguró la sempiterna alarma por la superpoblación del planeta frente a unos recursos alimenticios limitados, desconociendo las mejoras que permitirían aumentar la producción de alimentos: mecanización agrícola, fertilizantes cada vez más eficientes, pesticidas para reducir plagas, variedades nuevas de cultivos… Las predicciones malthusianas se han estrellado desde el siglo XVIII porque no tienen en cuenta factores como la ciencia, la tecnología o la innovación. Sí, el planeta es finito y antes o después se agotará, pero no parece que eso vaya a suceder a corto o medio plazo, sino en un horizonte muy lejano (del orden de miles o incluso millones de años). Y probablemente la única solución ante ese problema será salir por fin de nuestro planeta, adentrarnos en el espacio interestelar y colonizar nuevos mundos.
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El cambio climático II: lo que (no) sabemos

Uno de los grandes problemas que encontramos a la hora de enfrentarnos al desafío del calentamiento global es que se apoya en modelos climáticos que, por muy sofisticados que sean, presentan limitaciones importantes. Tanto es así que hoy sabemos que dichos modelos están errando por sobreestimación. El siguiente gráfico nos muestra la relación entre las anomalías de temperatura pronosticadas por los modelos climáticos con las anomalías de temperatura medidas en la realidad:

Imagen

La línea gris es la media de anomalías de temperatura pronosticadas por los modelos, mientras que la línea roja es la media de anomalías de temperatura pronosticadas por los modelos quitando aquellos que más calentamiento predicen. La franja gris y la franja rosa muestran los rangos máximos y mínimos de ambos grupos de modelos. Por su parte, la línea negra son las anomalías de temperatura medidas realmente: como puede comprobarse, en todos los casos las temperaturas reales se sitúan por debajo de la media prevista.

Este desfase no es extraño si se considera que, pese al enorme avance computacional desde la década de 1970, los modelos climáticos actuales siguen siendo imprecisos y con un gran margen de incertidumbre. Un ejemplo es la llamada sensibilidad climática (el aumento de temperatura al doblarse la concentración de CO2), cuyo rango estimado oscila todavía en más de 3 grados.

Además, dichos modelos se construyen en función de una serie de parámetros preestablecidos, y para que sus predicciones fueran correctas, o al menos cercanas a la realidad, sería necesario conocer suficientemente todos los factores que intervienen en el clima, y aún los desconocemos en gran medida. Ni siquiera se tiene claro cómo influyen en él las variaciones orbitales o la actividad solar, y si ya resulta complicado pronosticar el tiempo atmosférico más allá de tres días, mucho más lo es realizar proyecciones a diez, veinte o treinta años vista, sin saber cuántos factores, datos e información faltan para poder llevar a cabo una predicción mínimamente razonable, ni cuánto puede influir el sesgo con el que el investigador esté distorsionando involuntariamente el modelo en cuestión.

Tampoco se conoce con exactitud el funcionamiento de los diferentes ciclos climáticos que sufre la Tierra ni cómo interactúan entre sí, desde la alternancia entre glaciaciones y períodos interglaciares de decenas de miles de años hasta los ciclos de Bond de unos 1.500 años, pasando por los ciclos astronómicos de Milankovitch, la actividad volcánica y su relación con el efecto invernadero o las variaciones en las corrientes oceánicas. Por no conocer, ni siquiera se comprende del todo el ciclo del carbono. Los océanos absorben gran parte del CO2 atmosférico y al mismo tiempo lo liberan cuando se calientan, lo que complica determinar si el actual aumento de CO2 es por entero causa del calentamiento o si el calentamiento lo incrementa. Estudios recientes muestran, además, que la capacidad de absorción de CO2 por parte de bosques y océanos ha crecido a un ritmo similar al de las emisiones durante las últimas seis décadas. Esto abre importantes interrogantes: ¿hasta qué punto el CO2 adicional proviene de la actividad humana? ¿Es siempre el aumento del CO2 la causa del calentamiento, o en ocasiones es el efecto?


Lo que sí sabemos


Es cierto que hay algo que sabemos con seguridad: que el CO2, junto con el metano y otros gases de efecto invernadero, provoca un calentamiento del clima y permanece en la atmósfera durante siglos. Pero aquí es donde entra un problema conceptual clave: el del ceteris paribus. Este principio significa mantener constantes todas las demás variables, de tal manera que si se proyecta un desequilibrio sin que haya cambios en el resto de condiciones, ese desequilibrio, sea de frío o calor, conducirá inevitablemente a un extremo. Sin embargo, en el mundo real no existen escenarios ceteris paribus: las constantes son dinámicas, y ello convierte las proyecciones en simples escenarios hipotéticos, no en predicciones. La climatología, disciplina relativamente reciente, trabaja con bases de datos históricas limitadas, recurre a proyecciones a partir de registros muy antiguos para aplicarlas a periodos cortos en el futuro, y analiza sistemas extremadamente complejos con múltiples variables, muchas de ellas desconocidas o impredecibles: no existen modelos plenamente fiables del comportamiento del Sol; se desconoce en gran parte la influencia cósmica externa sobre el clima; y no hay certeza sobre cómo, cuándo ni con qué intensidad actuarán los volcanes, que han sido determinantes en cambios climáticos radicales a lo largo de la historia. Un ejemplo claro: una proyección realizada sobre la industria altamente contaminante de la posguerra predecía escenarios glaciales y atmósferas irrespirables, mientras que una proyección sobre la situación actual anticipa calentamiento global, costas inundadas y deshielo de los polos.

Para evaluar correctamente cualquier proyección, además, es indispensable conocer la calidad y extensión de los datos con los que se alimenta. En este sentido, el registro sistemático de temperaturas globales solo comenzó en la década de 1880, en pleno auge de la revolución industrial. Las mediciones anteriores al siglo XIX eran muy inexactas, cuando existían, y siempre limitadas al hemisferio norte, lo que impide saber hasta qué punto la tendencia al calentamiento comenzó realmente entonces o si se originó antes por causas naturales que luego se vieron agravadas.

Finalmente, y para añadir más complejidad, la concordancia entre el calentamiento global y la actividad industrial humana no es lineal. Durante la década de 1930, el calentamiento se agudizó en plena crisis industrial (con emisiones en descenso a causa de la gran depresión), mientras que en las décadas de 1950 y 1960, cuando las emisiones crecieron notablemente con la recuperación económica de la posguerra, el calentamiento se ralentizó.


Revisando datos


A ello se suma que las series históricas de datos han sido objeto de revisiones significativas. Y es que curiosamente, cuando las mediciones no encajan bien con las teorías vigentes, en lugar de reformular la teoría lo que se hace es modificar los datos. Por ejemplo, entre 1998 y 2012 todas las series registraron un “parón” en el calentamiento global (la llamada “pausa”), y el shock fue tan grande que el informe del IPCC de 2013 dedicó varias páginas a este fenómeno sin explicarlo de manera convincente. Poco después hallaron la explicación: en el Ártico (donde hay muy pocas estaciones de medición) estaban infraestimando el calentamiento, mientras se estaba sobreestimando en los océanos. La conclusión fue que en realidad no había ninguna “pausa”, sino sólo una mera ralentización suave. Hoy, esa “pausa” ha desaparecido de las series globales y nadie habla de ella.

Pero aún quedaba otro gran problema por explicar: aproximadamente entre 1910 y 1945, la temperatura global, según todas las series de registros, se había incrementado más de 0,6º C, aumento que el ínfimo incremento de concentración de CO2 en aquellos años no podía explicar. En 2022, y sin demasiadas explicaciones, la NOAA suavizó algo ese incremento de temperatura: resultó que estaban infraestimados los años más fríos alrededor de 1910 (supuestamente había hecho menos frío del que creíamos) y al mismo tiempo se habían sobreestimado las temperaturas de los años más cálidos de la década de 1940 (en realidad había hecho menos calor del que pensábamos).

Por si fuera poco, recientemente se acaba de descubrir que las mediciones de temperatura de los océanos de la primera mitad del siglo XX fueron una chapuza y estaban sesgadas a la baja, corrigiéndose ahora mediante datos proxy (indicadores indirectos).

El resultado de todo ello, claro está, es que la serie global de temperaturas tiene por fin el aspecto que debería tener: calentamiento constante desde 1850-1900, y cada vez más acelerado. Y resulta curioso que únicamente no nos fiemos de los datos de 1900 a 1950, y que al mismo tiempo no tengamos ningún problema con los datos de 1850 a 1900.

Es posible que todas estas revisiones puedan estar justificadas (pese a lo oportuno de las mismas), pero el hecho de que no nos fiemos de los datos medidos y estemos permanentemente cambiándolos no añade demasiada confianza hacia una ciencia en virtud de la cual se están tomando medidas políticas, económicas y sociales de gran envergadura e impacto.

Como vemos, la climatología comparte problemas con disciplinas como la economía: ambas estudian sistemas complejos, con variables difíciles de medir y pronosticar… y ambas pueden ser influidas por intereses políticos o económicos. Desde que el cambio climático entró en la agenda política, sus conclusiones están sirviendo como coartada para decisiones estratégicas y para la generación de grandes negocios. Pero la relativización del problema no implica su desaparición: el riesgo permanece, y la utilidad de ponerlo en perspectiva radica en poder analizarlo de forma racional, evitando aproximaciones viscerales, dogmáticas o cuasi religiosas, que han contaminado el debate sobre el cambio climático en los últimos años. Sería deseable (aunque difícil, dada la politización y los intereses económicos implicados) que este debate se desarrollara con serenidad, evitando tanto las teorías conspirativas como las acusaciones simplistas de “negacionismo”, y centrándose en lo que realmente se sabe y en lo que parece más razonable hacer. Y para ello es imprescindible tratar de averiguar cómo nos ha afectado hasta ahora el calentamiento, y cómo lo hará en el futuro.
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El cambio climático III: pasado, presente y futuro

La expresión “cambio climático” no deja de ser un pleonasmo, por cuanto el clima, por definición, es siempre cambiante. Nuestro planeta alterna diversos ciclos de calentamiento y de enfriamiento, en forma de glaciaciones y períodos interglaciares, y gran parte de lo que sabemos sobre ello no proviene de un climatólogo sino de un ingeniero serbio, Milutin Milanković, que estudió cómo las variaciones orbitales de nuestro planeta alrededor del Sol afectan al clima terrestre, determinando así la alternancia de períodos glaciares e interglaciares.

En el presente nos encontramos en un período interglaciar posterior al fin de la última glaciación hace 12.000 años y previo a la siguiente, que se estima para dentro de varios miles de años. Dicho de otro modo: la Tierra lleva milenios calentándose.


Cambios a menor escala en el pasado


A escalas más reducidas también se producen ciclos climáticos menores, cuyas causas desconocemos en buena medida. Éstos han influido notablemente en el auge y la caída de las distintas civilizaciones humanas, y son los siguientes.

- Óptimo climático minoico (1500 a.C. – 1200 a.C.): con temperaturas comparables o ligeramente superiores a las actuales en algunas zonas, favoreció el auge de civilizaciones como la micénica o la minoica.

- Pequeña edad de hielo de la Edad del Hierro (1200 a.C. - 800 a.C.): descenso térmico y aumento de lluvias, lo que llevó a la crisis en el Mediterráneo oriental y al colapso de varias culturas de la Edad del Bronce Final.

- Óptimo climático de la Edad del Hierro (800 a.C. - 400 a.C.): con condiciones templadas y relativamente estables, lo que favoreció el auge de las culturas celtas en Europa central.

- Enfriamiento subatlántico temprano (400 a.C. - 250 a.C.): asociado a la crisis de la Grecia clásica y al declive de algunas culturas celtas.

- Óptimo climático romano (250 a.C. - 400 d.C.): con temperaturas suaves en la mayor parte de Europa, lo que implicó la expansión agrícola en zonas altas y nórdicas y facilitó el apogeo del imperio romano.

- Enfriamiento de la antigüedad tardía (400 - 800): caída abrupta de las temperaturas que contribuyó a la caída del imperio romano.

- Óptimo climático medieval (800 - 1300): temperaturas más altas en el Atlántico Norte; viñedos en Inglaterra; expansión agrícola en Escandinavia y colonización vikinga de Groenlandia.

- Pequeña edad de hielo (1300 - 1830): etapa de inestabilidad climática y enfriamiento progresivo.

Finalmente, a partir de 1830 y hasta aproximadamente 1900, se produce un lento aumento de las temperaturas, previo a la fase de incremento acelerado que estamos experimentando durante el siglo XX y XXI.


Las consecuencia del cambio climático en el presente


En la actualidad estamos viviendo un calentamiento relativamente suave: el aumento de la temperatura ha sido de aproximadamente un grado centígrado desde 1880. Tanto es así que sólo comenzamos a percibirlo aproximadamente un siglo después de su inicio. Es más: como ya se indicó en el primer artículo de esta serie, durante la década de 1970 parte de la comunidad científica auguraba un inminente enfriamiento del clima mundial. Fue sólo a partir de la década de 1980 cuando se empezó a discutir seriamente la posibilidad de que nos encontrásemos ante un calentamiento global, y hubo que esperar hasta 1988 para que se fundase el Panel Intergubernamental del Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC).

Y es cierto que basta ese ligero aumento de la temperatura para afectar al clima de diversas regiones de la Tierra, e incluso al planeta mismo. Pero lo cierto es que a día de hoy (2025) nuestro mundo no parece haber sufrido grandes ni graves cambios en ningún sentido. Por ejemplo, ninguna región ha pasado de 42º de temperatura media a 50º, ni de -30º a -10º. En todo caso, la cuestión radica en saber si el resultado neto de tales consecuencias es positivo o negativo.

Así pues, ¿cuáles han sido las consecuencias? Veámoslo.

En contra de la idea que se transmite, el calentamiento se está produciendo más en invierno que en verano, lo que significa menos frío extremo y algo más de calor extremo. El IPCC señala un incremento de olas de calor y de temperaturas extremas, pero también admite que el frío extremo es cada vez menos frecuente e intenso: "Es virtualmente seguro que los extremos fríos (incluyendo olas de frío) son menos y menos intensos, habiendo alta confianza en que el cambio climático antrópico es la causa principal", dice el IPCC en el resumen ejecutivo (página 8) de su último informe (AR6). Por ello, uno de los grandes efectos positivos del calentamiento global es la reducción de la mortalidad asociada al frío, que supera con creces el aumento de muertes vinculadas al calor. O, dicho de otro modo, hasta ahora el calentamiento global ha salvado más vidas de las que ha costado. Concretamente, desde hace décadas se están reduciendo los fallecimientos a nivel global por temperaturas no óptimas en cantidad aproximada de 150.000 personas cada año. En España se han reducido las muertes por frío desde el 7,2% en el período 1979-1988 al 3,1% entre 2009-2018, al igual que los fallecimientos por calor desde el 1,7% al 1,1% entre los mismos períodos.

Se ha dicho que basta el pequeño incremento en la temperatura que estamos sufriendo para poner en riesgo al planeta, pero no es cierto. Hace 50 millones de años, por ejemplo, la temperatura global era hasta 14 grados superior a la actual, y, sin embargo, la vida florecía con abundancia. En épocas de CO2 mucho más elevado (incluso 1.000–1.500 ppm, frente a las 420 actuales), la vida vegetal y animal se desarrollaba con normalidad.

También se nos alerta de la extinción masiva de cientos de miles de especies, sin tener en cuenta que se estima que en el mundo hay más de ocho millones de especies, de las que apenas conocemos dos. Es cierto que el calentamiento global está afectando a la biodiversidad, pero muchas especies están ganando con el calentamiento, y la desaparición de un número limitado de ellas no implica un perjuicio directo al ser humano ni al planeta en su conjunto, por mucho que sí debamos proteger a aquellas que cumplen funciones críticas en los ecosistemas, como los polinizadores (abejas, por ejemplo).

Por otro lado, resulta difícil que el calentamiento global esté dañando al planeta cuando uno de sus efectos directos es el aumento de la vegetación mundial, constatado incluso por la NASA: el planeta se está reverdeciendo gracias al incremento de CO2 atmosférico, que actúa como fertilizante natural. Y cualquier agricultor sabe que el frío perjudica más a las cosechas que el calor: a nivel agrícola, la producción de alimentos no deja de crecer, tanto en volumen total como en rendimiento por hectárea, gracias a una combinación de temperaturas más suaves, más CO2 y, sobre todo, avances tecnológicos (como los transgénicos).

Tampoco es cierto que el ritmo del calentamiento esté siendo demasiado acelerado. A lo largo de su historia geológica la Tierra ha atravesado cambios climáticos mucho más abruptos y extremos. Así, hace 14.500 años, las temperaturas del hemisferio norte aumentaron 4 o 5 grados en apenas unas décadas. Por el contrario, en el año 536 (considerado por los historiadores como “el peor año para estar vivo”) se produjo el enfriamiento más acusado de los últimos 2.000 años, probablemente debido a una gran erupción volcánica: el Sol se oscureció durante un año y medio, las temperaturas cayeron entre 2 y 6 grados y las hambrunas se extendieron por Europa, Oriente Medio y China, coincidiendo con la peste de Justiniano que diezmó al imperio bizantino.

En cuanto al supuesto e inminente derretimiento de los polos, la realidad es que la Antártida gana más hielo del que pierde. El Ártico, en cambio, sí ha perdido hielo, pero no de forma lineal ni catastrófica, teniendo en cuenta, además, que el Ártico nunca ha estado libre de oscilaciones: hay registros históricos que muestran fases con aguas abiertas al norte de Groenlandia en épocas previas al actual calentamiento. Es cierto que el mínimo estival de hielo ártico ha disminuido desde 1979, pero desde 2012 la tendencia es bastante estable, e incluso con años de recuperación parcial. Es evidente, por tanto, que la famosa predicción de que “el Ártico quedará libre de hielo en 2013” (realizada por Al Gore y otros científicos mediáticos) ha fallado estrepitosamente.

Esa relativa buena salud de los polos explica que el nivel del mar haya subido apenas 20 centímetros en un siglo, una cifra insuficiente para hacer desaparecer islas o regiones costeras, como se ha venido anunciando hasta ahora.


Cambio climático, desastres naturales y “emergencia climática”


¿Y qué hay de los desastres naturales? Lo cierto es que, a pesar de los pronósticos catastrofistas, el IPCC no detecta en absoluto un aumento en el número de huracanes o de inundaciones en el Mediterráneo. Tampoco detecta un aumento en la frecuencia global de sequías, aunque sí es cierto que han aumentado en algunas zonas del mundo y es posible (no seguro) que haya un incremento en el futuro. Pero no parece demasiado preocupante si tenemos en cuenta que, en las últimas décadas y gracias al desarrollo económico y las mejoras tecnológicas, la mortandad producida por las sequías se ha desplomado, mientras que los daños económicos (medidos en porcentaje del PIB) no han parado de disminuir.

A ello se suma la constatación de que la mortalidad por desastres naturales ha caído en picado en el último siglo, a pesar de que la población mundial se ha triplicado. Con independencia de que los desastres naturales hayan podido aumentar o no, el ser humano se adapta cada vez más y mejor a ellos. Según Our World in Data (Universidad de Oxford), entre 1970 y 2019 las víctimas mortales se redujeron a una tercera parte, pasando de más de 50.000 al año a menos de 20.000. Hoy mueren unas 40 personas al día por fenómenos extremos, frente a las 170 diarias de los años setenta. Algo similar ocurre con los daños económicos: aunque hayan aumentado en términos absolutos, en proporción al PIB mundial son cada vez menores. Todo ello demuestra que el desarrollo económico y tecnológico no sólo es la causa última de las emisiones, sino también la mejor defensa frente al clima.

Por otro lado, si el pasado nos enseña algo es que los períodos fríos han sido mucho más duros para la humanidad que los cálidos. Como vimos al inicio de este artículo, la historia demuestra que las sociedades prosperan en fases templadas y retroceden en las épocas de enfriamiento. Hoy, tras 150 años de un calentamiento suave de alrededor de un grado, los datos son claros: la esperanza de vida global ha aumentado, la pobreza extrema ha caído, la mortalidad infantil se ha desplomado y la humanidad nunca ha vivido mejor. Desde que la temperatura global comenzó a subir, ni un solo parámetro humano ha empeorado; más bien al contrario: nunca ha mejorado más la vida del ser humano que en las últimas cinco décadas. Por comparar, la crisis del COVID-19 se llevó por delante toda una década de progreso humano, lo que nos lleva a pensar si no estaremos despistados respecto a cuáles son nuestras amenazas existenciales y hacia dónde deberíamos dirigir nuestros recursos.

En cualquier caso, y a la vista de todo lo anterior, la afirmación (tan repetida últimamente) de que estamos viviendo una “emergencia climática” resulta muy difícil de justificar. No hemos visto ninguna catástrofe climática, ni la evidencia científica sugiere que la humanidad esté cerca de la destrucción, ni siquiera de un desastre a corto o medio plazo. Sí, el cambio climático existe; sí, el planeta se está calentando; y sí, habrá desafíos asociados. Pero la realidad nos muestra que, al menos hasta hoy, el calentamiento ha sido suave, manejable e incluso beneficioso en algunos aspectos. Sus efectos sobre el ser humano han sido limitados y, en términos netos, probablemente positivos, muy lejos de justificar el alarmismo generalizado.


El futuro: entre la incertidumbre y la prudencia


Ahora bien, ¿qué sucederá en el futuro? ¿Cómo nos afectará el cambio climático en los próximos años? La respuesta es sencilla: no lo sabemos. La ciencia climática, pese a los enormes avances de las últimas décadas, sigue siendo una disciplina en pañales. Como ya vimos en el artículo anterior de esta serie, los modelos que pretenden anticipar el comportamiento del planeta han demostrado hasta ahora una clara tendencia a sobrestimar el calentamiento, y cuando proyectan escenarios hacia el futuro lo hacen con horquillas muy amplias para ciertos parámetros, lo que implica niveles de incertidumbre enormes. Así que es tan posible que el calentamiento global siga siendo relativamente suave como que, por el contrario, alcance dimensiones muy perjudiciales.

Previsiblemente el planeta continuará calentándose, pero aquí la magnitud lo cambia todo: no es lo mismo un aumento de 4 o 5 grados en un siglo, con consecuencias graves para la biodiversidad, los hábitats humanos y la estabilidad de nuestras sociedades, que uno de apenas 1,5 o 2 grados en el mismo periodo, bastante más asumible a todos los niveles.

Además, conviene tener en cuenta que la relación entre CO2 y temperatura no es lineal. Un incremento exponencial de la concentración de CO2 produce un incremento lineal de la temperatura. Dicho de otra forma: a medida que nuestras emisiones sigan aumentando, será cada vez más difícil que la temperatura continúe subiendo al mismo ritmo. El planeta puede seguir calentándose, pero muy probablemente lo hará con una intensidad decreciente.

Se podría objetar que incluso un pequeño aumento de la temperatura ya podría resultarnos perjudicial, pero ¿quién ha establecido que la temperatura ideal para el planeta o para el ser humano es la de 1850, la de 1980 o la de 2025? La Tierra ha atravesado períodos mucho más fríos y mucho más cálidos, y la vida siempre se ha adaptado. También el ser humano ha pasado por enfriamientos extremos y óptimos climáticos, y hoy habitamos con relativa comodidad desde desiertos abrasadores hasta regiones polares (vivimos en variaciones diarias de 20-30 grados y anuales de hasta 60-70). No es descabellado pensar, de hecho, que estemos viviendo un momento relativamente benigno para nuestra especie precisamente gracias a experimentar este calentamiento.

Por otro lado, conviene recordar de nuevo que, al margen de la influencia humana, la Tierra atraviesa sus propios ciclos climáticos naturales. Los de Milanković, por ejemplo, aseguran la alternancia de glaciaciones y períodos interglaciares. Hoy nos encontramos en un interglaciar, pero antes o después volverá una glaciación, y cuando eso ocurra sí que estaremos ante una catástrofe. Quién sabe si el actual calentamiento antropogénico, lejos de ser únicamente un problema, podría retrasar o mitigar en parte esa amenaza mucho mayor. Un episodio similar al sufrido en el año 536, con un enfriamiento de entre 2 y 6 grados en apenas unas décadas a causa de una erupción volcánica, tendría efectos devastadores sobre la agricultura y las poblaciones humanas y volvería a alterar por completo el contexto actual, relegando el calentamiento global a un segundo plano. Y es que un enfriamiento drástico tendría consecuencias mucho más letales que las de un calentamiento moderado, hasta el punto de que si hoy retrocediésemos a las temperaturas preindustriales, cientos de millones de personas morirían de hambre debido a la pérdida de productividad agrícola.

Aun así, el riesgo de que el calentamiento global tenga efectos negativos existe, y sería imprudente descartarlo. Un aumento de las temperaturas, aunque sea moderado, puede tener efectos adversos: las sequías podrían hacerse más frecuentes e intensas, las olas de calor afectar a la salud de millones de personas, y ciertos cultivos tradicionales podrían volverse inviables en algunas regiones. La subida del nivel del mar, incluso de unos pocos milímetros al año, podría obligar a costosas adaptaciones en zonas densamente pobladas, y los ecosistemas más frágiles, como los arrecifes de coral o la fauna ártica, sufrirán transformaciones difíciles de revertir. Incluso con un calentamiento relativamente suave habrá perdedores: comunidades rurales expuestas a la desertificación, países con menos recursos para adaptarse, especies incapaces de migrar o adaptarse a tiempo…

Así pues, el principio de precaución aconseja tomar medidas, pero lo razonable es hacerlo con perspectiva. No todos los estudios coinciden en pintar un panorama catastrófico. El propio IPCC, en su informe de 2018 (página 256), estimaba que un calentamiento de 3,66°C en 2100 (aunque la previsión más realista actualmente esté por debajo de 3°C) equivaldría a una caída del 2,6% en un PIB per cápita que, para entonces, habrá aumentado probablemente un 200 o 300%. Porque es importante entender que no se refiere a que en 2100 seamos un 2,6% más pobres que hoy, sino que seremos un 2,6% menos ricos de lo que podríamos ser en 2100 sin el calentamiento global. Se trata, en resumidas cuentas, de un impacto económico inferior al que tuvo la recesión de 2009 en la Eurozona (del 4,5%), y por tanto muy alejado de lo que consideraríamos un hundimiento económico.

A la incertidumbre sobre los escenarios futuros se suma otra certeza: la capacidad de adaptación del ser humano. No tiene sentido asumir que en los próximos 80 años la tecnología y el ingenio permanecerán estáticos. De hecho, todos los estudios que proyectan impactos climáticos hacia finales de siglo parten de esa premisa absurda. La realidad es que la humanidad ha demostrado una y otra vez su capacidad para innovar, mejorar la eficiencia, desarrollar nuevas fuentes de energía y hasta imaginar formas de capturar y eliminar CO2 de la atmósfera.

Lo inteligente, pues, es reconocer los riesgos, asumir la incertidumbre y prepararnos con prudencia, sin caer ni en la negación ingenua ni en el alarmismo apocalíptico. Por eso el próximo artículo tratará sobre la cuestión de las políticas implementadas hasta ahora para hacer frente al cambio climático, analizando su fracaso.
Hoy día importa más el quién que el qué, lo que se dice que lo que se hace, y quién lo dice que lo que se dice.
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Hilo del "cambio climático" y la "agenda verde"

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El cambio climático IV: la descarbonización y sus alternativas

En una sociedad realmente democrática y mínimamente racional, la comunidad científica, los empresarios, los sindicatos, las asociaciones de consumidores y los líderes políticos de todo signo se habrían sentado a discutir con transparencia sobre el problema del calentamiento global, sus riesgos y posibles soluciones. Después, dichas alternativas deberían haberse sometido al escrutinio ciudadano, explicando con claridad cuánto costaría cada una, de qué manera se financiarían y con qué fines concretos, fiscalizando quién asumiría la carga económica, quién obtendría las ganancias y cómo se gestionarían los recursos derivados de esta transformación. Es decir, habría sido necesario un análisis coste-beneficio riguroso.

Sin embargo, no se hizo nada de eso.

Lo que se hizo fue imponer directamente un conjunto de medidas, presentadas como indiscutibles y siempre “por nuestro bien”, al tiempo que se estigmatizaba cualquier duda o crítica con la acusación de “negacionismo”. Se trata de un término tomado del ámbito de los estudios sobre el Holocausto para vincular de manera sibilina a cualquier discrepante con quienes niegan dicho crimen, y así poco menos que llamarle “nazi”. Poco importa que el supuesto “negacionista” no niegue el calentamiento global, ni su origen humano, ni su carácter problemático: basta con cuestionar la magnitud apocalíptica que se le atribuye o poner en duda la idoneidad de las políticas adoptadas para ser colocado en la diana. El resultado ha sido un discurso oficial monolítico, compartido tanto por la izquierda como por la derecha, respaldado por el capital y por las grandes instituciones internacionales, que ha eliminado de facto cualquier posibilidad de debate social.

Curiosamente, la única discrepancia pública que se permite sobre todas estas políticas es su señalamiento como insuficientes y la defensa de radicalizarlas aún más, hasta llevarnos a un decrecimiento económico global. Y es que, dado que a corto y medio plazo no es posible reemplazar los combustibles fósiles por ninguna otra fuente de energía, la alternativa que nos queda si queremos reducir drásticamente nuestras emisiones de CO2 es, efectivamente, reducir en la misma medida nuestro consumo energético. Aunque ello implique disminuir toda nuestra actividad económica y por tanto aumentar el desempleo y la pobreza, lo que en último término se traduce en miseria y muertes masivas. Nunca en la historia de la humanidad se ha producido una disminución en el consumo de energía sin una disminución paralela del bienestar.


El coste de la descarbonización


Siempre existe un riesgo importante de que en cualquier momento pueda golpearnos un meteorito y destruir nuestra civilización, pero ¿deberíamos por ello gastar, por ejemplo, diez veces el PIB global actual para evitarlo? Del mismo modo, cabe preguntarse si el coste económico y social que están suponiendo las políticas climáticas compensa realmente el resultado.

El problema de fondo es aún mayor, porque la descarbonización está mal planteada social y económicamente. Es improbable que vaya a suceder, como se pretende, en un plazo de 30 años, y desde luego provoca daños mucho mayores que los que pretende solucionar.

Sin duda hay buenos argumentos para reducir nuestra dependencia de las energías fósiles, pero no admitir que a día de hoy hacen muchísimo más bien que mal al ser humano y que es un grave error reemplazarlas por algo más caro (o menos abundante, o menos fiable) es ser terriblemente miope. Incluso aceptando la necesidad de reducir emisiones, cerca del 50% de ellas se producen en actividades para las que no existe aún una alternativa sin emisiones mínimamente viable: la producción de acero o cemento, el transporte aéreo, la agricultura o la ganadería son ejemplos paradigmáticos. En el resto de sectores sí existen alternativas, pero resultan más caras, menos productivas o insuficientemente maduras. Y encarecer la energía, el transporte, la calefacción o la industria equivale a frenar el crecimiento económico, lo que a su vez significa generar pobreza o impedir que millones de personas puedan salir de ella. Pretender forzar una reducción drástica de nuestras emisiones sin alternativas tecnológicas maduras equivale a decretar un empobrecimiento masivo, y la pobreza mata hoy, no en 2100. Por eso seguir determinadas recetas (el decrecimiento forzoso, la sustitución acelerada de tecnologías maduras por otras inmaduras, el encarecimiento deliberado de la energía) constituye un crimen contra la humanidad, y particularmente contra los más pobres.

La gravedad del asunto se multiplica si tenemos en cuenta que esas políticas están suponiendo ya un altísimo coste económico y social, mientras fracasan en el objetivo que supuestamente las justifica. Por ejemplo, el impulso a los biocombustibles, presentado en su día como una estrategia “verde”, resultó devastador para las selvas tropicales, tal vez una de las decisiones más dañinas de las últimas décadas en nombre de salvar el planeta.

En nuestro país, el cierre de las minas de carbón en Asturias o León arruinó comarcas enteras, sin que las energías renovables pudieran ofrecer empleo ni energía de reemplazo. Prescindir de forma voluntaria de importantes fuentes de energía lo suficientemente abundantes y baratas, mientras las energías renovables no consiguen alcanzar el nivel de eficiencia requerido para satisfacer la demanda energética de nuestra civilización, no sólo está llevando a la ruina a distintos sectores sociales como las comarcas mineras asturianas y leonesas, sino que también está encareciendo los precios de la energía como nunca antes.

Y en todo caso, y pese a la gigantesca inversión que se ha realizado en energías renovables (probablemente la mayor inversión pública y privada de la historia de la humanidad), las emisiones de CO2 no han dejado de crecer.


La descarbonización como expolio económico


Curiosamente, lo que todas estas políticas sí están consiguiendo es enriquecer a una minoría mediante todo tipo de mecanismos: subvenciones públicas masivas para energías renovables, los bonos de carbono que permiten a las potencias ricas eludir sus compromisos, o el nuevo filón bursátil de las finanzas “verdes”. No por casualidad, incluso políticas aparentemente inocuas como la reforestación despiertan recelos entre magnates y filántropos, no porque sean inútiles (plantar árboles no resuelve por sí solo el problema, pero algo puede mitigar), sino porque no generan negocio. Se prefiere apostar por proyectos complejos y lucrativos, aunque sus beneficios sean dudosos, antes que por soluciones simples con escaso margen de rentabilidad.

Un buen ejemplo de ello es la implantación masiva del coche eléctrico. A nivel individual, es un producto peor que el de combustión: más caro, más difícil de cargar, con menor autonomía y con un historial de fracaso que ya se evidenció en el siglo XIX, cuando perdió frente al motor de gasolina. Si hoy “triunfa” es únicamente porque se prohíbe el coche de combustión y se subvenciona el eléctrico, hasta el punto de que los pobres financian con sus impuestos el coche de lujo de los ricos. Pero a nivel colectivo el vehículo eléctrico es una fantasía irreal: las materias primas necesarias para fabricar baterías en tal escala son limitadas, la infraestructura de red debería renovarse y multiplicarse, la generación eléctrica debería aumentar exponencialmente en países como España, la red de recarga es técnicamente inviable a gran escala y el reciclaje de millones de toneladas de baterías desechadas resulta extremadamente difícil. La única razón por la que se insiste en este camino no es porque ofrezca una solución realista, sino porque supone un negocio colosal para una industria automovilística occidental que se sostiene frente a su competencia extranjera únicamente gracias al inmenso caudal de dinero público que recibe.

Nos encontramos, en definitiva, ante una inmensa transferencia de dinero público a empresas privadas y ciudadanos privilegiados, probablemente la mayor de la historia, y cabe preguntarse si la sociedad estaría dispuesta a financiarla si no hubiese un cambio climático utilizado constantemente como amenaza contra ella.

Tampoco hay que olvidar la utilidad geopolítica de las políticas climáticas: tratados como el Acuerdo de París o los compromisos de reducción de emisiones limitan el crecimiento de potencias emergentes que, como China, han llegado tarde a la industrialización. En cambio, los países occidentales, ya industrializados, pueden permitirse invertir en todo tipo de mecanismos para reducir sus emisiones, y la existencia de los llamados “bonos de carbono” permite a las potencias más ricas no hacer frente a sus supuestas obligaciones en materia de reducción de gases al tiempo que generan un mercado especulativo en torno a los bonos que sin duda nuestras élites financieras han sabido aprovechar. Sin olvidar que reducir el consumo de combustibles fósiles debilita a países productores como Rusia o los del Golfo, y fortalece a quienes controlan las nuevas tecnologías energéticas.


Descarbonización vs progreso


Es por todo lo anterior por lo que deberíamos preguntarnos por qué seguir apoyando unas políticas que a) no están sirviendo en absoluto para los fines que proclaman; b) están ocasionando daños tremendos a nivel económico y social que no se justifican, y c) consolidan un modelo de negocio basado en la transferencia de recursos de la mayoría a una minoría.

En realidad, el verdadero camino frente al cambio climático no debería ser nunca renunciar al desarrollo, sino potenciarlo, porque sólo una sociedad próspera y dinámica puede adaptarse a los riesgos que vengan. El único “dogma” que debería ser sagrado es el del desarrollo económico, porque es lo que protege al ser humano. Lo contrario, el decrecimiento, equivale a renunciar al progreso que permitió a nuestros antepasados salir de los valles en los que se asfixiaban, cruzar continentes y, probablemente, conquistar el espacio en el futuro. La alternativa realista no es sacrificar bienestar sino apostar por más ciencia, más tecnología y más progreso. Y nos guste o no, si queremos seguir siendo una sociedad próspera (y más aún si aspiramos a serlo todavía más en el futuro), tendremos que seguir aumentando nuestras emisiones de CO2. Es como montar en bicicleta: si te paras te caes.

Pero entonces… ¿qué debemos hacer? ¿Cómo deberíamos afrontar el problema del calentamiento global?

Aunque la realidad es tozuda al mostrarnos que las predicciones catastrofistas sobre el calentamiento global han fallado una y otra vez, y que los modelos climáticos han sobrestimado de forma sistemática el calentamiento observado, el cambio climático existe y es real. Y por mucho que de momento esté siendo suave e incluso beneficioso en ciertos aspectos, desconocemos sus efectos futuros, por lo que deberíamos tomar precauciones para adaptarnos al porvenir.

Ahora bien, es urgente abandonar una vez las actuales políticas climáticas, que han fracasado desde el momento en que no están consiguiendo reducir unas emisiones de CO2 que cada año son mayores. A día de hoy no existen alternativas reales para sustituir los combustibles fósiles sin recurrir al decrecimiento, lo cual conduce inevitablemente a la pobreza y la muerte. Por si fuera poco, mientras la mayoría de la sociedad sufre los severos costes sociales y económicos de tales políticas, los sectores más privilegiados se enriquecen aún más gracias a ellas; y todo aquel que osa cuestionar algún aspecto de todo lo anterior es acusado rápidamente de “negacionismo”, en un extraño consenso que une a izquierda, derecha, capital, grandes empresas e instituciones públicas y privadas. El principal obstáculo para pensar alternativas es la prohibición de facto de cualquier debate público sobre el asunto; no se nos permite plantear otra estrategia distinta a la que se impone desde el poder.

Sin embargo, necesitamos llevar a cabo un análisis coste-beneficio de las políticas a aplicar. Y debemos hacerlo de forma científica y democrática, esto es, mediante un debate público amplio en el que participen no sólo climatólogos de la línea oficial, sino también economistas, paleoclimatólogos y expertos de distintas disciplinas.


La clave: adaptación


¿Qué alternativa existe a las actuales políticas climáticas? En mi opinión, sería más razonable pensar en la adaptación a los efectos del cambio climático que en intentar revertirlo. Siempre es más sencillo adaptarnos al clima que pretender cambiarlo: no parece lógico intentar frenar a toda costa un proceso que no controlamos, en vez de adaptarnos a él de la mejor manera posible. Y la historia demuestra que el ser humano es un animal de adaptación: si hemos sido capaces de acostumbrarnos sin mayores problemas a un aumento de 1,1 ºC y 25 cm en el nivel del mar con una capacidad tecnológica mucho menor, ¿por qué no habríamos de hacerlo ante 1,6 ºC y 45 cm en los próximos 80 años?

Esa adaptación sólo será viable si potenciamos el desarrollo económico y tecnológico, que ha sido siempre nuestra mejor defensa frente a un clima cambiante. Lo razonable no es condenarnos al empobrecimiento, sino al contrario: invertir decididamente en tecnologías que aseguren nuestra prosperidad y nuestra capacidad de adaptación. Y si queremos seguir siendo prósperos, debemos seguir creciendo, aunque eso implique, al menos por ahora, aumentar nuestras emisiones.

A lo largo de la historia, todos los catastrofistas han fracasado porque subestimaron la capacidad humana de resolver problemas mediante la ciencia y la técnica. Por ejemplo, Holanda lleva siglos bajo el nivel del mar y ha sabido convivir con ello gracias a la tecnología. Del mismo modo, nuestros sistemas de refrigeración y climatización han avanzado hasta hacer perfectamente tolerables condiciones que habrían sido insoportables en el pasado. El ejemplo del desarrollo exprés de las vacunas durante la crisis del COVID-19 nos demostró que nuevas necesidades traen siempre nuevas soluciones.

No hay razón para pensar que no podremos adaptarnos a un mundo ligeramente más cálido, sobre todo teniendo en cuenta que ya habitamos en todos los climas del planeta. Tampoco tiene sentido que toda una civilización siga sacrificándose económica y socialmente con el fin de intentar cambiar el clima (y menos cuando no lo está consiguiendo), renunciando a recursos y fuentes de energía barata que podrían aprovecharse. Lo inteligente sería, más bien, utilizar esos recursos para invertirlos en infraestructuras y tecnologías que nos permitan adaptarnos a los efectos del cambio climático.


I+D y una nueva política energética


Conviene recordar también cómo todos los vaticinios sobre el inminente agotamiento del petróleo llevan fallando décadas. El famoso peak oil siempre parece inminente, pero lo cierto es que el precio real del crudo hoy es poco más de la mitad del registrado a finales de los setenta o durante el período 2007-2013. La explicación es clara: la tecnología avanza y permite hallar nuevos yacimientos o extraerlos de manera más eficiente y barata. Los países de la OPEP ni siquiera producen todo lo que podrían, prefiriendo mantener los precios en un rango que asegure su rentabilidad sin estrangular la demanda. Además, desconocemos la cantidad total de petróleo existente en el planeta; a grandes profundidades aún no exploradas o bajo los océanos podrían existir reservas inmensas. Es prácticamente seguro que hay petróleo suficiente para siglos, y probablemente dispondremos de la fusión nuclear antes de que la escasez de crudo se convierta en un problema serio.

Esto no significa que debamos abandonar los esfuerzos por sustituir los combustibles fósiles, pero si realmente el cambio climático puede llegar a convertirse en un problema importante (hasta hoy no lo ha sido de forma significativa, como he señalado en los artículos anteriores), la solución no debería pasar por prohibiciones arbitrarias de ciertas actividades, ni por subvenciones masivas a tecnologías caras e ineficientes, ni por impuestos verdes que encarezcan la vida de todos. La salida razonable está en la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías que permitan seguir realizando nuestras actividades sin emitir gases de efecto invernadero, a igual o menor coste que los sistemas actuales. Sólo mediante un esfuerzo decidido por parte de los Estados y las empresas en favor de la innovación será posible una descarbonización real, porque es harto improbable que podamos lograrlo en apenas tres décadas con las herramientas actuales.

Por otro lado, también sería sensato apostar con decisión por la energía nuclear, tanto en su modalidad actual de fisión como en la investigación a largo plazo de la fusión nuclear.

Resulta, además, especialmente llamativo el desprecio hacia otras fuentes energéticas prometedoras como la geotermia profunda, capaz de suministrar durante millones de años toda la energía que nuestra civilización pueda necesitar, para lo cual bastaría con aprovechar apenas el 0,1% del calor almacenado en el manto terrestre. Se prevé que esta tecnología pueda comenzar a desplegarse a partir de 2028 y, si funciona, transformará radicalmente la sociedad. No faltará, por supuesto, la oposición del movimiento ecologista, con el argumento de que la utilización de la geotermia contribuirá al calentamiento global (lo cual probablemente sea cierto), alegando que “daña a la madre tierra” o atribuyendo cualquier terremoto o anomalía sísmica a su uso. Pero la realidad es que, si queremos reemplazar algún día unos combustibles fósiles que inevitablemente acabarán mostrando límites, hasta ahora las “renovables” no han logrado ese objetivo pese a la cantidad astronómica de dinero que se les ha destinado. La geotermia, y a más largo plazo la fusión nuclear, son auténticas alternativas; los molinos de viento y los paneles solares, por mucho que se insista, no bastan.

Por todo ello, una política energética sensata debería consistir en

a) potenciar al máximo la energía nuclear, construyendo el mayor número posible de centrales e invirtiendo intensamente en investigación y desarrollo de la fusión;

b) priorizar el uso del gas frente al petróleo, reservando este último para industrias donde es insustituible (como la producción de plásticos);

c) aprovechar todas las fuentes de energía barata y rentable, incluido el carbón, sin cerrar minas ni desperdiciar recursos por prejuicios ideológicos;

d) desarrollar otras fuentes energéticas aún sin explotar, como la geotermia profunda.

Sólo así podremos dejar de depender de los combustibles fósiles sin renunciar al crecimiento económico, lo que nos permitirá encontrar los recursos científicos y tecnológicos necesarios para adaptarnos en el futuro a cualquier cambio climático.
Hoy día importa más el quién que el qué, lo que se dice que lo que se hace, y quién lo dice que lo que se dice.
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