No veo mucha diferencia entre el reggaetonero canario Quevedo y el reggaetonero colombiano J Balvin.
El sionismo cristiano: influencia en EE. UU. y evangelismo en Iberoamérica
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El sionismo cristiano: influencia en EE. UU. y evangelismo en Iberoamérica
Mientras China arresta a pastores evangélicos, en América Latina los evangélicos se han convertido en una fuerza capaz de decidir elecciones. Y esa diferencia dice mucho. Pekín no ve solamente una religión. Ve una red social organizada que existe fuera del control directo del Estado.
En América Latina, esa misma capacidad de organización se convirtió en poder político.
Hace medio siglo, más del 90% de los latinoamericanos se identificaban como católicos. Hoy, en países como Brasil y Guatemala, el mapa religioso cambió profundamente y el voto evangélico ya funciona como un bloque electoral propio.
Guatemala incluso tuvo un gobernante evangélico en 1982: Efraín Ríos Montt, miembro de la Iglesia Verbo. Su gobierno coincidió con una de las etapas más sangrientas de la guerra civil guatemalteca. Y durante la Guerra Fría, Washington también entendió la importancia política de la religión.
El Documento de Santa Fe de 1980 hablaba de combatir la influencia de la teología de la liberación, una corriente cristiana que vinculaba la fe con la defensa de los pobres y la transformación de estructuras sociales injustas. Décadas después, el poder electoral evangélico es evidente.
En Brasil, Jair Bolsonaro construyó una enorme base dentro de ese electorado.
En Guatemala, Jimmy Morales trasladó la embajada de su país a Jerusalén apenas dos días después de Estados Unidos. Y ahí aparece otra pieza fundamental: Israel.
Una parte importante del evangelicalismo apoya al Estado de Israel desde una interpretación profética según la cual el regreso del pueblo judío a esa tierra forma parte de los acontecimientos previos a la segunda venida de Jesús. Esa interpretación moderna fue desarrollada por John Nelson Darby en el siglo XIX y popularizada masivamente a través de las notas de la Biblia de Scofield desde comienzos del siglo XX.
Una interpretación teológica terminó convirtiéndose, generaciones después, en identidad política y hasta en política exterior. Porque la religión no solamente decide lo que una persona cree.
Cuando millones creen lo mismo, también puede decidir cómo vota un país.
En América Latina, esa misma capacidad de organización se convirtió en poder político.
Hace medio siglo, más del 90% de los latinoamericanos se identificaban como católicos. Hoy, en países como Brasil y Guatemala, el mapa religioso cambió profundamente y el voto evangélico ya funciona como un bloque electoral propio.
Guatemala incluso tuvo un gobernante evangélico en 1982: Efraín Ríos Montt, miembro de la Iglesia Verbo. Su gobierno coincidió con una de las etapas más sangrientas de la guerra civil guatemalteca. Y durante la Guerra Fría, Washington también entendió la importancia política de la religión.
El Documento de Santa Fe de 1980 hablaba de combatir la influencia de la teología de la liberación, una corriente cristiana que vinculaba la fe con la defensa de los pobres y la transformación de estructuras sociales injustas. Décadas después, el poder electoral evangélico es evidente.
En Brasil, Jair Bolsonaro construyó una enorme base dentro de ese electorado.
En Guatemala, Jimmy Morales trasladó la embajada de su país a Jerusalén apenas dos días después de Estados Unidos. Y ahí aparece otra pieza fundamental: Israel.
Una parte importante del evangelicalismo apoya al Estado de Israel desde una interpretación profética según la cual el regreso del pueblo judío a esa tierra forma parte de los acontecimientos previos a la segunda venida de Jesús. Esa interpretación moderna fue desarrollada por John Nelson Darby en el siglo XIX y popularizada masivamente a través de las notas de la Biblia de Scofield desde comienzos del siglo XX.
Una interpretación teológica terminó convirtiéndose, generaciones después, en identidad política y hasta en política exterior. Porque la religión no solamente decide lo que una persona cree.
Cuando millones creen lo mismo, también puede decidir cómo vota un país.
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Totalmente de acuerdo. Y agregaría que la postura política de determinados sectores evangélicos me parece de una hipocresía monumental. Predican el amor al prójimo, la misericordia, la justicia y la defensa de la vida, pero después son capaces de justificar prácticamente cualquier atropello cometido por el Estado de Israel, siempre que puedan envolverlo en alguna interpretación de las profecías bíblicas.Astur escribió: Dom Oct 11, 2026 3:15 am Mientras China arresta a pastores evangélicos, en América Latina los evangélicos se han convertido en una fuerza capaz de decidir elecciones. Y esa diferencia dice mucho. Pekín no ve solamente una religión. Ve una red social organizada que existe fuera del control directo del Estado.
En América Latina, esa misma capacidad de organización se convirtió en poder político.
Hace medio siglo, más del 90% de los latinoamericanos se identificaban como católicos. Hoy, en países como Brasil y Guatemala, el mapa religioso cambió profundamente y el voto evangélico ya funciona como un bloque electoral propio.
Guatemala incluso tuvo un gobernante evangélico en 1982: Efraín Ríos Montt, miembro de la Iglesia Verbo. Su gobierno coincidió con una de las etapas más sangrientas de la guerra civil guatemalteca. Y durante la Guerra Fría, Washington también entendió la importancia política de la religión.
El Documento de Santa Fe de 1980 hablaba de combatir la influencia de la teología de la liberación, una corriente cristiana que vinculaba la fe con la defensa de los pobres y la transformación de estructuras sociales injustas. Décadas después, el poder electoral evangélico es evidente.
En Brasil, Jair Bolsonaro construyó una enorme base dentro de ese electorado.
En Guatemala, Jimmy Morales trasladó la embajada de su país a Jerusalén apenas dos días después de Estados Unidos. Y ahí aparece otra pieza fundamental: Israel.
Una parte importante del evangelicalismo apoya al Estado de Israel desde una interpretación profética según la cual el regreso del pueblo judío a esa tierra forma parte de los acontecimientos previos a la segunda venida de Jesús. Esa interpretación moderna fue desarrollada por John Nelson Darby en el siglo XIX y popularizada masivamente a través de las notas de la Biblia de Scofield desde comienzos del siglo XX.
Una interpretación teológica terminó convirtiéndose, generaciones después, en identidad política y hasta en política exterior. Porque la religión no solamente decide lo que una persona cree.
Cuando millones creen lo mismo, también puede decidir cómo vota un país.
Lo más preocupante es la facilidad con que una parte de ese electorado termina convirtiéndose en instrumento de intereses geopolíticos que, muchas veces, ni siquiera comprende. Recitan ciegamente versículos, hablan del pueblo elegido y del cumplimiento de las profecías, pero parecen desconocer la historia del conflicto, la realidad de los palestinos y hasta los principios más elementales del derecho internacional.
Y el poder político israelí ha sabido aprovechar extraordinariamente bien esa circunstancia. El sionismo cristiano le proporciona una enorme base de apoyo internacional, especialmente en Estados Unidos y América Latina. No hablamos solamente de simpatías religiosas, sino de votos, presión sobre gobiernos, influencia diplomática y legitimación de políticas territoriales. El propio Netanyahu ha reconocido públicamente la importancia de los evangélicos como aliados del Estado de Israel.
Mientras tanto, la Corte Internacional de Justicia determinó en 2024 que la presencia continuada de Israel en los territorios palestinos ocupados es ilegal y que sus políticas de asentamientos y anexión vulneran el derecho internacional. Pero para determinados fundamentalistas, aparentemente, una interpretación bíblica tiene más autoridad que los derechos de millones de seres humanos.
¿Cómo se puede proclamar fidelidad a las enseñanzas de Jesucristo mientras se demuestra semejante indiferencia ante el sufrimiento de otros seres humanos, incluidos los propios cristianos palestinos?
Hasta resulta inevitable recordar la imagen apocalíptica de la "gran ramera que seduce a las naciones". No como una referencia a un pueblo o a una religión, sino como metáfora de un poder político que consigue revestirse de legitimidad sagrada para obtener adhesiones y justificar sus ambiciones. La ironía es que muchos de quienes viven obsesionados con identificar al Anticristo y descifrar el Apocalipsis parecen incapaces de reconocer cuándo sus propias convicciones religiosas están siendo instrumentalizadas.
Una cosa es tener fe, y otra muy distinta es renunciar al pensamiento crítico y convertir la Biblia en un cheque en blanco para cualquier gobierno.
Al final, lo verdaderamente inquietante no es que la religión influya en la política, sino que millones de personas puedan terminar confundiendo la voluntad de Dios con los intereses de un Estado creado de la manera más artificial y amañanada con ayuda de otros.