ACOM y la censura blanda: cómo el lobby sionista presiona a medios y periodistas en España
Publicado: Mié Mar 04, 2026 4:04 pm
Hay un fenómeno bastante evidente que en España casi nadie quiere tocar, que es la capacidad de presión de determinados lobbys ligados a Israel sobre el debate público. Y uno de los ejemplos más claros es ACOM. Una organización que se presenta como simple asociación cívica, pero que actúa exactamente como lo hacen los lobbys de presión en cualquier otro país, señalando a periodistas, presionando a medios y tratando de expulsar del espacio público a cualquiera que se salga del guion oficial.
Lo estamos viendo en tiempo real. Personas como Jasiel Paris, Bea Talegón, Pedro Baños, Santiago Armesilla, Ana Iris Simón, Jesús Cárdenas, Carlos Paz o Rubén Gisbert no están pidiendo ninguna locura. Básicamente están cuestionando una guerra impulsada por Washington y Tel Aviv contra Irán. Y eso, hoy, parece suficiente para que empiece la maquinaria de presión, con campañas de difamación, llamadas a medios, presión para cancelar colaboraciones, etc. Es el mismo patrón que ya existe desde hace décadas en EE. UU. con el AIPAC. Allí el sistema está tan institucionalizado que directamente se financian campañas electorales de candidatos afines, tanto republicanos como demócratas. No es ninguna conspiración. Es lobbismo puro y duro.
La cuestión es que en España esto se intenta presentar como si no existiera. Como si señalar ese poder de presión fuera automáticamente "antisemitismo". Es un truco retórico que consiste en convertir cualquier crítica política a Israel o a sus redes de influencia en una especie de "delito moral". Y de esa forma se trata de evitar el debate. Porque si criticas la actuación de Israel en Oriente Medio, o cuestionas la estrategia geopolítica que impulsa junto a EE. UU., inmediatamente intentan colocarte la etiqueta —antisemita, nazi, etc.— para tratar desactivar el argumento.
Pero la realidad es mucho más simple. Los lobbys existen. Todos los países poderosos los tienen. EE. UU., Reino Unido, Arabia Saudí, Marruecos o Turquía también los utilizan. Y en España lo sabemos bien. Israel no es una excepción. La diferencia es que en algunos casos el nivel de presión sobre medios y universidades es tan alto que el debate público acaba completamente condicionado. Y ahí está el problema real. En una democracia sana se puede criticar a cualquier gobierno extranjero. A Rusia, a China, a Marruecos o a Israel. Sin campañas de cancelación. Sin listas negras. Sin llamadas a directores de medios. Cuando empiezas a ver ese tipo de comportamientos, lo que queda claro es que alguien no quiere que ciertas preguntas se hagan y que ciertos argumentos se popularicen. Porque al final todo se reduce a lo mismo, que es quién puede hablar y quién no. Y cuando determinados lobbys empiezan a decidir qué voces son aceptables y cuáles deben desaparecer del debate público, lo que tienes ya no es pluralismo. Es presión organizada para controlar el relato. Y eso, guste o no, está pasando en la actualidad en nuestro país.
Campaña de ACOM y Hermann Tertsh, de Vox, contra el coronel Pedro Baños:
Lo estamos viendo en tiempo real. Personas como Jasiel Paris, Bea Talegón, Pedro Baños, Santiago Armesilla, Ana Iris Simón, Jesús Cárdenas, Carlos Paz o Rubén Gisbert no están pidiendo ninguna locura. Básicamente están cuestionando una guerra impulsada por Washington y Tel Aviv contra Irán. Y eso, hoy, parece suficiente para que empiece la maquinaria de presión, con campañas de difamación, llamadas a medios, presión para cancelar colaboraciones, etc. Es el mismo patrón que ya existe desde hace décadas en EE. UU. con el AIPAC. Allí el sistema está tan institucionalizado que directamente se financian campañas electorales de candidatos afines, tanto republicanos como demócratas. No es ninguna conspiración. Es lobbismo puro y duro.
La cuestión es que en España esto se intenta presentar como si no existiera. Como si señalar ese poder de presión fuera automáticamente "antisemitismo". Es un truco retórico que consiste en convertir cualquier crítica política a Israel o a sus redes de influencia en una especie de "delito moral". Y de esa forma se trata de evitar el debate. Porque si criticas la actuación de Israel en Oriente Medio, o cuestionas la estrategia geopolítica que impulsa junto a EE. UU., inmediatamente intentan colocarte la etiqueta —antisemita, nazi, etc.— para tratar desactivar el argumento.
Pero la realidad es mucho más simple. Los lobbys existen. Todos los países poderosos los tienen. EE. UU., Reino Unido, Arabia Saudí, Marruecos o Turquía también los utilizan. Y en España lo sabemos bien. Israel no es una excepción. La diferencia es que en algunos casos el nivel de presión sobre medios y universidades es tan alto que el debate público acaba completamente condicionado. Y ahí está el problema real. En una democracia sana se puede criticar a cualquier gobierno extranjero. A Rusia, a China, a Marruecos o a Israel. Sin campañas de cancelación. Sin listas negras. Sin llamadas a directores de medios. Cuando empiezas a ver ese tipo de comportamientos, lo que queda claro es que alguien no quiere que ciertas preguntas se hagan y que ciertos argumentos se popularicen. Porque al final todo se reduce a lo mismo, que es quién puede hablar y quién no. Y cuando determinados lobbys empiezan a decidir qué voces son aceptables y cuáles deben desaparecer del debate público, lo que tienes ya no es pluralismo. Es presión organizada para controlar el relato. Y eso, guste o no, está pasando en la actualidad en nuestro país.
Campaña de ACOM y Hermann Tertsh, de Vox, contra el coronel Pedro Baños:
