Como colofón a esta discusión, en la que algunos foreros han incurrido en la mentira, la manipulación y los mantras sesgados repetidos hasta la saciedad por los medios de comunicación del establishment, me voy a hacer eco de unas palabras de Víctor Domínguez, conocido como Wall Street Wolverine, en su libro 'El Poder Digital ', que son muy pertinentes tras esta discusión que ha tenido lugar en este hilo:
La etiqueta de «fascista» no es inocente. No es simplemente un insulto más en la arena política. Es un mecanismo calculado para llevar a cabo algo mucho más peligroso: la deshumanización del adversario. Porque una vez que logras convencer a la sociedad de que tu oponente no es una persona con derechos, sino un constructo ideológico, cualquier ataque contra él deja de ser visto como un abuso y pasa a considerarse un acto de justicia.
Esto lo entendieron muy bien los regímenes totalitarios del siglo XX. Antes de perseguir a los judíos, los nazis los convirtieron en ratas, en plaga, en amenaza biológica. Antes de eliminar a los kulaks, los soviéticos los pintaron como parásitos de la revolución, como enemigos del pueblo. La mecánica siempre es la misma: si despojas al otro de su humanidad, ya no tienes que tratarlo como igual, sino como un obstáculo que debe ser removido.
Hoy la izquierda reproduce exactamente la misma táctica, aunque revestida de progresismo. «Fascista» es el término que le permite convertir al disidente en alguien indigno de compasión, alguien que no merece derechos, alguien contra quien todo vale. Es un proceso psicológico y social: primero señalas, luego aíslas, después demonizas y finalmente atacas. Y lo más grave: todo ello ocurre con la complicidad pasiva de quienes, aunque no odien personalmente al «fascista», aceptan en silencio su exclusión porque creen que así se defienden a sí mismos del supuesto peligro.
Lo vimos con el caso de Charlie Kirk, cuyo asesinato se justificó abiertamente en determinados círculos mediáticos y políticos. No fue un accidente aislado: fue la consecuencia lógica de un discurso que llevaba años sembrando la idea de que personas como él no son simplemente rivales ideológicos, sino amenazas existenciales. Y cuando alguien es percibido como una amenaza «existencial», su eliminación deja de ser un crimen y se convierte en un «acto preventivo». Eso es lo aterrador.
La deshumanización es tan efectiva porque no solo afecta a los militantes fanatizados, sino también al ciudadano corriente. Muchos que jamás se atreverían a insultar directamente a un adversario político terminan aceptando sin cuestionar que se le niegue un espacio en los medios, que se le boicotee en su trabajo, que se le despida de su trabajo o incluso que se celebre su desgracia. Se convencen a sí mismos de que no están atacando a una persona, sino combatiendo una «ideología peligrosa». Pero ahí está el detalle que se oculta: detrás de cada etiqueta hay seres humanos de carne y hueso. Detrás del «fascista» que quieres borrar de la vida pública hay padres, madres, hijos, profesionales, vecinos. Personas que, en muchos casos, solo han cometido el delito de no aplaudir el catecismo progresista.
La deshumanización también se alimenta de la repetición. A fuerza de escuchar en televisión, en redes sociales, en tertulias, que tal partido es fascista, que tal líder es fascista, que tal idea es fascista, la palabra pierde su carácter excepcional y se convierte en parte del paisaje. Y cuando algo se convierte en parte del paisaje, deja de escandalizar. La gente ya no se pregunta si es verdad, simplemente lo asume. Y, una vez asumido, las consecuencias se vuelven naturales: «Si es fascista, entonces es lógico que se le ataque».
Este proceso tiene un efecto devastador en la convivencia democrática. Porque cuando uno de los bandos ya no considera al otro como legítimo, desaparece la posibilidad de alternancia pacífica en el poder. ¿Cómo vas a aceptar que un «fascista» gobierne aunque gane las elecciones? No puedes. ¿Cómo vas a tolerar que tenga voz en los medios? Es impensable.
¿Cómo vas a permitir que dé una conferencia en una universidad? Sería darle espacio al mal absoluto. Y así, poco a poco, se construye un sistema en el que solo hay una opción legítima: la de la izquierda. Todo lo demás queda fuera del marco de lo tolerable.
Lo más siniestro de todo es que, al aplicar esta táctica, la izquierda no solo neutraliza a la oposición, sino que también lanza un mensaje disciplinador a los tibios y a los indecisos. La lógica es sencilla: «Si te atreves a cuestionarnos, si te atreves a discrepar, terminarás en el mismo saco que los fascistas». De esa forma, no solo atacan a sus rivales, sino que generan miedo entre quienes podrían apoyar tímidamente una alternativa. Es un aviso preventivo: cuidado con lo que piensas, cuidado con lo que dices, porque el precio de disentir es que te conviertan en un paria social.
Y no nos engañemos: la deshumanización no se queda en el terreno simbólico. A veces se traduce en violencia física, como hemos visto. Pero incluso cuando no llega a ese extremo, destruye vidas de manera silenciosa. Personas que pierden su empleo porque alguien las señaló de fascistas. Estudiantes que son acosados en la universidad por no repetir el dogma progresista. Profesores que son marginados por no adaptarse al guion. Artistas que son cancelados por una opinión políticamente incorrecta. La violencia no siempre necesita balas: a veces basta con el látigo de la difamación y la censura. Cuando aceptamos que alguien puede ser reducido al status de «fascista» sin darles derecho a réplica, hemos abierto la puerta a un sistema en el que la dignidad humana deja de ser universal, sino selectiva. Y un sistema así no es democrático, es autoritario. La paradoja es brutal: en nombre del antifascismo, la izquierda reproduce los mismos mecanismos que usaron los regímenes más oscuros de la historia.
Si la izquierda tiene el arma del lenguaje y la estrategia del miedo, su gran altavoz son los medios de comunicación. Sin ellos, el discurso quedaría limitado a círculos ideológicos, a debates de partido, a tertulias universitarias. Pero, con ellos, la etiqueta de «fascista» puede repetirse hasta el infinito, puede instalarse en el imaginario colectivo y convertirse en verdad social.
Aquí es donde aparece la complicidad mediática. Y digo complicidad porque no se trata de un error inocente ni de una simple inclinación ideológica: es una alianza consciente. Los grandes medios de comunicación han decidido hace tiempo que su función no es informar, sino moldear la opinión pública. No se conciben a sí mismos como narradores de la realidad, sino como guardianes de la moral. Y, como guardianes, se arrogan el derecho a decidir qué se puede decir, qué se puede callar, cómo deben decir las cosas, qué merece indignación y qué merece aplauso.
En ese rol, los medios se convierten en ejecutores de la estrategia de la izquierda. Son ellos quienes repiten sin descanso la etiqueta mágica. Son ellos quienes construyen el relato del miedo, quienes pintan escenarios apocalípticos cada vez que un partido no alineado con el progresismo sube en las encuestas. Son ellos quienes amplifican cualquier error de la oposición y silencian cualquier abuso del poder progresista. Y lo hacen con una disciplina que nada tiene que envidiar a los aparatos propagandísticos de regímenes autoritarios.
La trampa es aún más grande porque muchos de esos medios no se presentan abiertamente como de izquierda. Algunos se disfrazan de neutrales; otros incluso de conservadores moderados. Pero todos cumplen la misma función: mantener el marco de la izquierda intacto. A esa farsa la podemos llamar pseudoderecha mediática. Son medios que simulan ser una alternativa, que critican aspectos superficiales del progresismo, pero que en lo esencial repiten los mismos mantras. ¿El resultado? Que el espectador medio cree estar recibiendo pluralidad, cuando en realidad lo único que recibe son matices de un mismo discurso.
Un ejemplo claro: cuando la izquierda señala a un partido como fascista, los medios progresistas lo repiten al unísono. Y los supuestos medios de «derecha moderada» no se atreven a desmentirlo; al contrario, terminan aceptando parte del marco: «Bueno, quizá no sean fascistas, pero sí tienen un discurso de extrema derecha o de ultraderecha». Así, sin darse cuenta, legitiman la etiqueta. Nunca la combaten de raíz. Nunca dicen lo obvio: que fascista es un término histórico preciso y que usarlo como insulto vacío es una manipulación. No. Prefieren contemporizar, suavizar, matizar. Y al hacerlo, refuerzan la narrativa progresista.
Perfectamente explicado lo que ha estado haciendo Gallego, el moderadito centrista, en esta discusión.