El debate es muy simple, aunque algunos se empeñen en embarrarlo con moralinas baratas. El voto no es un derecho místico caído del cielo. Es una herramienta de poder. Y como toda herramienta de poder, debería tener contrapesos. Cuando una parte creciente de la población no sostiene el sistema, pero decide quién manda y cómo se reparte el dinero de los demás, tienes un problema estructural. No ético. Estructural.
Un funcionario no vive del mercado. Vive del presupuesto. Un jubilado no produce ya riqueza, vive de transferencias. Un dependiente vive íntegramente del Estado. Ninguno de los tres está sometido al riesgo real de las decisiones que vota. Pueden votar subir impuestos, aumentar gasto, crear más chiringuitos o inflar la Administración porque el coste no lo pagan ellos. Lo paga el que se levanta a currar, compite, factura, arriesga y sostiene todo el tinglado. ¿Es eso realmente democracia? Si se analiza fríamente —o sea, sin moralinas—, no cabe duda de que es un expolio legitimado por papeleta.
El ejemplo es clarísimo. Imaginaos una comunidad de vecinos donde los que no pagan la cuota deciden cuánto se gasta y quién lo administra. ¿Es eso justo? Pues esto es exactamente lo mismo, solo que a escala estatal y con más cinismo. El voto cautivo de quien depende del erario genera un incentivo perverso, que es votar siempre más Estado, más gasto y más deuda. Pan para hoy, ruina para mañana. Que es lo que ha sucedido en España durante toda la vida. Pero al que avisa, hay gente que lo llama "autoritario".
Luego viene el numerito habitual: que si es inmoral, que si es antidemocrático (como si ellos lo fueran), que si es peligroso... Lo inmoral es que quien no aporta nada decida sobre el fruto del trabajo ajeno. Lo antidemocrático es que el sistema esté secuestrado por mayorías artificiales creadas a base de pagas y nóminas públicas. Y lo peligroso es seguir fingiendo que esto es sostenible mientras el país se descapitaliza, se endeuda y se hunde demográficamente, mientras los que pueden se largan a Andorra u otros países donde el Estado no expolie al ciudadano.
Y antes de que venga el moralista a dar lecciones: nadie habla de quitar derechos civiles, ni de excluir personas de la sociedad. Se habla de algo mucho más básico, que es que quien vive del Estado no debería decidir el tamaño del Estado. Es puro sentido común, aunque a algunos les cueste entenderlo o, más bien, no quieran hacer como que lo entienden. Separación de incentivos. El mismo principio por el que no dejas a un árbitro apostar en el partido que pita. En España, no interesa que opiniones como estas se escuchen, porque desmonta el núcleo del régimen partitocrático que el protege el poder. Sin voto cautivo, el castillo de naipes se viene abajo. Por eso molesta tanto la idea. Porque señala al elefante en la habitación. Porque expone que el sistema no se mantiene por eficiencia ni por mérito, sino por dependencia. Y porque deja claro que no estamos ante una democracia de ciudadanos libres, sino ante un rebaño gestionado a golpe de presupuesto. Y eso, a algunos, les pone muy nerviosos. Ellos sabrán por qué.
[AVISO: esta idea, aunque la escuché en alguna ocasión, no pertenece al ideario de ningún partido u organización política que yo conozca. Lo digo para los listos adscritos a todo tipo de falacias, como la ad hominem, que creen que por pensar tal cosa, todo con lo que yo simpatizo o apoyo tiene que defender exactamente lo mismo que yo.]
